El monitoreo sistemático que realiza la Confederación Intercooperativa Agropecuaria (Coninagro) a través de su habitual «Semáforo de Economías Regionales» encendió una severa señal de alarma sobre la realidad estructural del sector vitivinícola. De acuerdo con el relevamiento, que evalúa mensualmente 19 cadenas productivas a partir de variables de negocio, producción y mercado, la vitivinicultura no solo permanece en la categoría de máxima alerta (color rojo), sino que ostenta el récord histórico de permanencia en situación de crisis: estuvo en rojo el 72% de los meses de los últimos ocho años. Esta coyuntura crítica es el resultado de una combinación de factores que incluyen la caída sostenida del salario real en el mercado doméstico, la rigidez e inelasticidad de la oferta de cultivos perennes y cambios globales en las pautas de consumo de bebidas alcohólicas. Si bien las importaciones de vino mostraron una suba porcentual en el último período, su incidencia en términos absolutos continúa siendo marginal frente al volumen exportado, lo que confirma que el deterioro de la rentabilidad responde fundamentalmente al debilitamiento de la demanda interna y a un contexto de estancamiento económico prolongado. Asimismo, el fenómeno de descapitalización afecta de manera similar a otras actividades clave como la lechería.
David Miazzo, economista especializado en agronegocios y asesor técnico, detalló las métricas del informe, analizó las causas del estancamiento vitivinícola y advirtió sobre la falta de financiamiento para la reconversión tecnológica en las provincias productoras.

Un diagnóstico alarmante: el 72% de los últimos ocho años en zona de crisis
El «Semáforo de Economías Regionales» mide 19 actividades a partir de tres pilares centrales: el de negocios (precios y costos), el productivo (superficie, cosecha o stock) y el de mercados (consumo interno, exportaciones e importaciones). «El Semáforo de Economías Regionales que publicamos todos los meses desde Coninagro monitorea 19 actividades productivas en base a tres pilares: negocios, producción y mercados. En la última edición, siete actividades se ubicaron en rojo, ocho en amarillo y cuatro en verde», precisó David Miazzo al inicio del reportaje.
«Al analizar la trayectoria histórica de cada sector desde que se publica el informe, podemos ver que la viticultura ha estado en rojo el 72% de los meses de los últimos ocho años. Un 22% de los meses permaneció en amarillo y apenas un 6% estuvo en verde. Esto la configura formalmente como la actividad, entre las 19 analizadas, que más tiempo ha estado en crisis en prácticamente la última década«, alertó.
«El segundo sector más golpeado es la lechería, que en los últimos ocho años acumuló un 64% de los meses en rojo, un 25% en amarillo y solo un 11% en verde. La dificultad central radica en que la acumulación de tiempo en rojo encuentra a los productores y a las industrias completamente descapitalizados, sin espalda financiera ni capacidad de inversión para ejecutar el recambio tecnológico necesario para ganar eficiencia«, observó.

Inelasticidad de la oferta, caída del consumo y cambios de hábitos mundiales
A diferencia de los cultivos extensivos de la pampa húmeda, la vitivinicultura cuenta con un esquema productivo rígido que dificulta la reconversión rápida frente a contracciones del mercado. «El factor central en la vitivinicultura ha sido la caída del consumo interno frente a una oferta más bien inelástica. Ha caído el consumo porque atravesamos un período prolongado de pérdida del poder adquisitivo de los salarios dentro de una Argentina que lleva 15 años sin crecer ni generar empleo genuino», comentó el economista a FM Vos (94.5).
«A esa restricción económica se suman cambios de gustos y costumbres en la demanda que no solo ocurren en la Argentina, sino que representan una tendencia a nivel mundial. A diferencia de la agricultura extensiva —donde si el maíz no tiene precio el productor puede volcarse a la soja, al sorgo o al girasol—, en las producciones perennes como la vid es muy difícil reducir la producción para acompañar un achicamiento abrupto de la demanda, lo que genera caídas severas en los precios reales al productor«, analizó.
Comercio exterior y la brecha entre importaciones y exportaciones
El impacto del ingreso de vino extranjero al país resulta acotado al momento de explicar la recesión del sector, concentrándose la problemática en la apreciación cambiaria y el mercado interno. «Respecto al comercio exterior y la apertura de importaciones, la crisis del sector viene de antes de la flexibilización de compras externas. En los últimos 12 meses las exportaciones vitivinícolas alcanzaron los 960 millones de dólares, mientras que las importaciones representaron 40 millones de dólares«, comparó el experto.
«Si bien las importaciones registraron una suba del 19% respecto al período anterior, cuando las relacionamos con las ventas al exterior estamos hablando de que representan apenas un 4% de lo que se exporta en divisas. Por lo tanto, el impacto por la vía de la importación es limitado; el verdadero problema radica en la acumulación de oferta, un tipo de cambio apreciado que dificulta la colocación de saldos exportables y un consumo interno muy deprimido que deprime los precios en origen«, concluyó.