El 17 de agosto de 1850 no fue un día cualquiera en Boulogne-sur-Mer. En esa ciudad portuaria del norte de Francia, lejos de la tierra que había ayudado a liberar, José de San Martín vivía sus últimas horas acompañado por su hija Mercedes y su yerno Mariano Balcarce. Tenía 72 años y arrastraba desde hacía tiempo un deterioro físico marcado por dolores, problemas de visión y una salud cada vez más frágil.
Según las crónicas de la época, aquella jornada comenzó con cierta calma. San Martín se levantó sereno, pidió que le leyeran los diarios porque su vista ya no le permitía hacerlo por sí mismo y mantuvo una lucidez que sorprendía a quienes lo rodeaban. Nada parecía anunciar que estaba frente a sus últimas horas, aunque el cuerpo del viejo general ya daba señales claras de agotamiento.
“Esta es la fatiga de la muerte”: la frase que quedó en la historia
Después de almorzar de manera sencilla, como era su costumbre, San Martín comenzó a sentirse mal. Los dolores se hicieron más intensos y el médico que lo asistía advirtió la gravedad del cuadro. En ese momento, el Libertador habría pronunciado una frase que atravesó generaciones: “Esta es la fatiga de la muerte”.

La escena es poderosa por su humanidad. No aparece allí el militar invencible de los manuales escolares ni el estratega que cruzó los Andes, sino un hombre anciano, cansado, lúcido y consciente del final. Pidió ser llevado a su cama y, poco después, a las tres de la tarde, murió.
La tradición recuerda que tanto un reloj de la casa como un reloj de bolsillo se detuvieron a esa misma hora. Ese detalle, repetido durante décadas, alimentó el tono casi legendario de sus últimos instantes y convirtió aquella tarde francesa en una imagen imborrable de la historia argentina.
El exilio de San Martín: por qué murió lejos de la Argentina
La muerte de San Martín en Francia no fue una casualidad geográfica. El Libertador había dejado América años antes, decepcionado por las luchas internas y decidido a no convertirse en jefe de ninguna facción política. Tras haber sido una figura central en la independencia de Argentina, Chile y Perú, eligió el retiro antes que participar en las guerras civiles que desgarraban al Río de la Plata.
Había nacido el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, Corrientes, en una zona marcada por la herencia de las misiones jesuíticas. De niño partió con su familia a España, donde se formó militarmente, y regresó al Río de la Plata en 1812 para ponerse al servicio de la revolución.
En apenas una década, su nombre quedó asociado para siempre al Regimiento de Granaderos a Caballo, al cruce de los Andes, a la independencia de Chile y a la campaña libertadora del Perú. Sin embargo, el final de su vida estuvo lejos de los desfiles, los honores y las multitudes.
Un prócer enfermo, casi ciego y todavía atento al mundo
En sus últimos años, San Martín vivió entre recuerdos, lecturas ajenas y conversaciones. Estaba casi ciego, por lo que necesitaba que le leyeran diarios y cartas. Aun así, sus allegados destacaban que conservaba una notable claridad mental.

El Libertador había sufrido dolencias desde joven. Padeció problemas respiratorios, dolores estomacales, reuma y crisis físicas que lo acompañaron incluso durante sus campañas militares. En más de una ocasión, su salud fue una preocupación concreta para quienes lo rodeaban, incluso en los años de mayor exigencia militar.
En 1848, tras los disturbios provocados por la revolución en París, decidió instalarse en Boulogne-sur-Mer. Allí alquiló un piso en la casa de Henri Adolphe Gérard, abogado y bibliotecario local. Ese rincón francés, frente al Canal de la Mancha, se convirtió en el último refugio de un hombre que había cambiado la historia de Sudamérica.
El testamento: sin funeral, con el corazón en Buenos Aires
Seis años antes de morir, San Martín redactó su testamento ológrafo en París. En ese documento dejó como heredera a su única hija, Mercedes Tomasa de San Martín, y expresó una voluntad contundente: no quería funerales ni acompañamientos solemnes.

Sin embargo, pidió algo que todavía emociona: que su corazón descansara en Buenos Aires. Esa frase resume como pocas el vínculo íntimo que mantuvo con su patria, incluso después de años de exilio y desencanto político.
El testamento también incluyó una decisión de enorme peso simbólico: legó su sable corvo a Juan Manuel de Rosas, en reconocimiento a la defensa de la soberanía nacional frente a las presiones extranjeras. Además, se presentó con los títulos que consideraba centrales en su vida pública: generalísimo del Perú, capitán general de Chile y brigadier general de la Confederación Argentina.
Treinta años para volver: el largo regreso de sus restos
Tras su muerte, el cuerpo de José de San Martín fue embalsamado y colocado en un sarcófago compuesto por varias cajas. Primero fue llevado a la iglesia de San Nicolás de Boulogne y luego depositado en una bóveda de la catedral de Notre-Dame de esa ciudad francesa.
Allí comenzó una espera que se extendería durante décadas. Recién en 1880, treinta años después de su fallecimiento, sus restos llegaron a Buenos Aires a bordo del transporte Villarino. El gobierno de Nicolás Avellaneda decretó feriado nacional y organizó homenajes oficiales.
Finalmente, el Libertador fue depositado en el mausoleo de la Catedral Metropolitana, donde aún hoy es custodiado por los Granaderos a Caballo, el cuerpo que él mismo creó y que permanece como uno de los símbolos más reconocibles de su legado.
Fuente: Canal 26