Este 9 de septiembre se cumplen nueve años de una madrugada que quedó marcada para siempre en la historia policial y judicial de San Rafael. En 2017, Genaro Fortunato murió luego de ser atropellado por el vehículo que conducía quien entonces era su pareja, Julieta Silva, a la salida del boliche Mona, en Las Paredes. El episodio generó una conmoción inmediata en la comunidad y, en cuestión de horas, dejó de ser una noticia estrictamente local para convertirse en uno de los casos policiales de mayor repercusión nacional de aquellos años.

Diario San Rafael fue el primer medio en llegar al hecho y la foto fue tapa de diarios en todo el país

Genaro tenía 25 años, era sanrafaelino y estaba vinculado al rugby, deporte que practicaba en Belgrano Rugby Club. Durante aquella madrugada había concurrido junto a Silva al local nocturno ubicado en inmediaciones de Hipólito Yrigoyen y El Chañaral. Al salir se produjo una discusión y, de acuerdo con lo que posteriormente reconstruyeron las pericias, los testimonios y las cámaras incorporadas al expediente, Fortunato quedó tendido sobre la calzada mientras Silva se alejaba al mando de su Fiat Idea. La mujer realizó un giro y regresó por la misma calle, momento en que terminó atropellándolo y provocándole la muerte. La lluvia, la oscuridad, el estado del pavimento, el consumo de alcohol, la visión de Silva y hasta el empañamiento de los vidrios del vehículo se convertirían después en elementos centrales de una causa que durante meses fue analizada hasta en sus mínimos detalles.

Desde las primeras horas, el gran interrogante fue uno solo: si se había tratado de un accidente o si Silva había atropellado deliberadamente a Fortunato. Esa discusión atravesó prácticamente toda la investigación y posteriormente el juicio. Mientras la acusación sostuvo durante el debate que no se estaba frente a un simple episodio accidental, la defensa – a cargo de Alejandro Cazabán – mantuvo la postura de que Silva no había visto a Genaro sobre la calzada. El fiscal Fernando Guzzo terminó solicitando una condena de 14 años, mientras que la querella reclamó una pena todavía mayor. Finalmente, el 3 de septiembre de 2018, el Tribunal Penal Colegiado Nº1 de San Rafael descartó la intencionalidad y condenó a Silva a 3 años y 9 meses de prisión por homicidio culposo agravado, además de imponerle ocho años de inhabilitación para conducir.

La resolución estuvo lejos de clausurar la discusión pública. Para la familia de Genaro la pena resultó insuficiente y la sentencia fue recurrida por las distintas partes. En julio de 2019, la Suprema Corte de Justicia de Mendoza confirmó el fallo y sostuvo el encuadre del hecho como un homicidio culposo derivado de una conducción imprudente y negligente. De esa manera quedó firme judicialmente una conclusión que, pese al paso de los años, nunca terminó de borrar las controversias y las interpretaciones que el caso generó desde aquella madrugada.

Pero el caso Fortunato también significó algo pocas veces visto hasta entonces en San Rafael: una verdadera explosión mediática. Periodistas, móviles televisivos y medios nacionales siguieron cada instancia de la investigación y del juicio, mientras que la vida privada de Genaro y Silva pasó a ser examinada públicamente. Se habló de celos, de relaciones anteriores, de mensajes y de posibles motivos detrás de aquella discusión. Muchas de esas versiones nunca tuvieron la misma relevancia judicial que adquirieron en televisión, portales y redes sociales. El episodio mostró, además, cómo una tragedia ocurrida a la salida de un boliche sanrafaelino podía transformarse rápidamente en una historia consumida por todo el país, con Silva convertida en una de las protagonistas más reconocibles de la crónica policial argentina de aquellos años.

Con el tiempo, Silva cumplió la condena y buscó reconstruir su vida. Se casó con Lucas Giménez y fue madre nuevamente, pero su nombre regresó con fuerza a las páginas policiales en 2025. Su entonces esposo la denunció por una agresión ocurrida en el contexto de una discusión doméstica y Silva volvió a ser detenida. La investigación incluyó inicialmente acusaciones de mayor gravedad, aunque el expediente terminó resolviéndose mediante un juicio abreviado. En octubre de ese año Silva reconoció haber golpeado a Giménez y fue condenada a nueve meses de prisión por lesiones leves dolosas agravadas por el vínculo, pena que se dispuso cumplir bajo la modalidad domiciliaria. En la misma resolución fue sobreseída respecto de otras acusaciones y declarada reincidente por su condena anterior.

Lucas Giménez y Julieta Silva

Aquella nueva causa volvió inevitablemente a poner sobre la mesa el apellido Fortunato. Sus padres volvieron a hablar públicamente y la historia fue retomada por medios nacionales y producciones digitales que reconstruyeron nuevamente lo sucedido en 2017. El fenómeno demuestra hasta qué punto el caso quedó instalado en la memoria colectiva de San Rafael: nueve años después, cualquier novedad vinculada a Julieta Silva continúa remitiendo de manera inmediata a aquella madrugada y a una muerte que produjo una marca profunda en la sociedad sanrafaelina.

Detrás de todo el expediente, de las pericias, las discusiones jurídicas y la exposición mediática quedó, sin embargo, una historia mucho más sencilla y dolorosa: la de un joven de 25 años que salió una noche y nunca regresó. Para su familia y sus amigos, Genaro Fortunato fue mucho más que “el rugbier atropellado” con el que durante años fue identificado en los titulares nacionales. Para San Rafael, su muerte se convirtió en uno de esos acontecimientos que permiten recordar exactamente dónde estaba cada uno cuando se conoció la noticia y que, aun con una sentencia firme y nueve años transcurridos, siguen formando parte de la memoria de una comunidad.