El accidente ocurrido el pasado viernes en la esquina de avenida San Martín y Emilio Mitre volvió a poner sobre la mesa una problemática que empieza a hacerse cada vez más visible en las calles de San Rafael: el crecimiento en la utilización de monopatines eléctricos y las dificultades para controlar vehículos que, pese a sus prestaciones, conviven diariamente con automóviles, motos, bicicletas y peatones.
El caso tiene además un dato que no puede pasar inadvertido. Quien conducía el monopatín eléctrico era un adolescente de apenas 15 años que, tras el impacto con un Renault 9, terminó debajo del automóvil y sufrió un traumatismo encéfalocraneano sin pérdida de conocimiento.
Más allá de las responsabilidades que deberán determinarse respecto de aquel siniestro, el episodio permite abrir una discusión que excede ampliamente lo ocurrido en esa esquina.
Los monopatines eléctricos dejaron hace tiempo de ser elementos recreativos para convertirse en verdaderos medios de transporte urbano. Son silenciosos, ágiles, ocupan poco espacio y su utilización se multiplicó. Pero también existen modelos capaces de desarrollar velocidades muy superiores a las que cualquiera imaginaría al observar sus dimensiones.
En Mendoza existe una regulación básica. La legislación provincial considera a estos rodados como dispositivos de movilidad personal y establece que sus conductores deben tener, como mínimo, 16 años. También exige casco homologado, luz blanca delantera y roja trasera y fija una velocidad máxima de 25 kilómetros por hora.
El problema aparece entre lo que establece la norma y lo que sucede diariamente en la calle. Los dispositivos pueden adquirirse libremente, algunos modelos tienen prestaciones que permiten alcanzar velocidades ampliamente superiores al límite legal y quien compra uno puede comenzar a utilizarlo sin atravesar previamente un examen que acredite conocimientos mínimos sobre normas de tránsito.
Allí aparece una diferencia sustancial respecto de otros vehículos motorizados. No existe actualmente una licencia de conducir específica obligatoria para manejar un monopatín eléctrico, pese a que sus usuarios comparten calles y avenidas con vehículos de varias toneladas y quedan expuestos físicamente ante cualquier impacto.
El interrogante adquiere todavía mayor dimensión cuando quienes los conducen son adolescentes. El accidente de San Martín y Emilio Mitre involucró a un menor de 15 años cuando la propia normativa mendocina fija en 16 la edad mínima para utilizar estos dispositivos en la vía pública. No se trata entonces solamente de discutir nuevas leyes, sino también de analizar cuánto se conoce, se controla y se cumple la legislación existente.
La preocupación no es nueva. En junio, el diputado provincial sanrafaelino Gustavo Perret presentó un proyecto para modificar la Ley 9024 y exigir una licencia de conducir Clase A a quienes utilicen dispositivos de movilidad personal. El planteo surgió precisamente a partir del crecimiento de estos vehículos y de las dificultades existentes para aplicar controles efectivos sobre sus conductores.
En aquella oportunidad, Perret advirtió incluso sobre la enorme diferencia existente entre el límite legal de 25 kilómetros por hora y las prestaciones de determinados monopatines disponibles en el mercado, algunos capaces de alcanzar velocidades cercanas a los 70 kilómetros por hora.
El desafío, por supuesto, no pasa por demonizar una herramienta de movilidad que tiene múltiples ventajas. Los monopatines eléctricos son económicos para su utilización cotidiana, no generan emisiones durante su funcionamiento y representan una alternativa interesante para trayectos urbanos cortos. Pero esas virtudes no pueden colocar la seguridad vial en un segundo plano.
San Rafael ya empieza a incorporarlos naturalmente a su paisaje urbano. El tránsito cambió y seguirá cambiando. Las normas, los controles y la educación vial necesitan acompañar esa transformación.
El accidente protagonizado por un chico de 15 años debería servir al menos como advertencia. Porque cuando un vehículo capaz de desplazarse a velocidades importantes comparte una avenida con autos y motos, deja de ser simplemente un juguete. Y la discusión sobre quién puede conducirlo, bajo qué condiciones y con qué conocimientos ya no debería esperar a que ocurra un hecho más grave.