Un exhaustivo análisis sobre la dinámica del mercado bovino y las pautas de consumo interno reveló limitaciones metodológicas en las estadísticas oficiales que miden la ingesta de carne vacuna por habitante en la Argentina. Frente a las publicaciones que indican una retracción promedio de cinco kilos por persona en el último año, desde la Cámara Argentina de Matarifes y Abastecedores (CAMyA) advirtieron que tales proyecciones se basan de forma exclusiva en los registros de la faena destinada al consumo doméstico, omitiendo el creciente volumen de cortes con y sin hueso procedentes de plantas exportadoras que se vuelcan al circuito comercial interno.

En diálogo con FM Vos (94.5), Leonardo Rafael, vicepresidente de CAMyA, analizó la reconfiguración del mercado, el impacto de la pérdida del poder adquisitivo en las carnicerías de barrio, la estabilización de los precios al consumidor, la importación de cortes desde Brasil y la perspectiva de un abastecimiento fluido y sin sobresaltos tarifarios para las festividades de fin de año.

Inexactitud estadística, vuelco de exportación y sustitución de proteínas

El dirigente del sector cárnico sostuvo que no se observa una caída drástica del consumo real, sino un amesetamiento explicado por la restricción de los ingresos, el cual es amortiguado por cortes de exportación y la ingesta combinada con carnes aviar y porcina. «Desde la cámara no observamos una caída del consumo en los porcentajes que se publican, sino un amesetamiento lógico producto de la falta de poder adquisitivo. Las estadísticas habituales se construyen únicamente dividiendo la faena de consumo sobre la cantidad de habitantes. Sin embargo, no se está midiendo cuánta de la mercadería faenada en frigoríficos exportadores se vuelca finalmente al mercado interno. Hay un volumen significativo de cortes con y sin hueso —como vacíos o cortes para milanesas— que se pagan mejor en el consumo local que en el exterior y terminan comercializándose en el país», precisó Leonardo Rafael al inicio de la entrevista.

«Calculamos que entre un 10% y un 15% de la producción de exportación queda en el mercado interno, sumado a la importación de cortes desde Brasil que tampoco se estaba contabilizando. Consideramos que hay que modificar los métodos de medición estadística porque ese porcentaje que formalmente baja en la faena directa de consumo es absorbido por los saldos exportables e importados. En mi caso particular, que poseo faena mayorista y locales de carnicería, constato a diario cómo abastecemos los mostradores con cajas de cortes al vacío originados en plantas de exportación», afirmó.

«El dato central e histórico al que nos remitimos es que el argentino consume un promedio general de 116 kilos anuales por cápita sumando las tres proteínas animales. Ese volumen global no ha variado sustancialmente en la última década; lo que cambió fue la composición por el deterioro del bolsillo. No existen modificaciones culturales ni de hábitos: Argentina posee una cultura cárnica por excelencia, pero quien no llega a comprar un kilo de milanesa de carne vacuna migra al cerdo, y si tampoco alcanza, consume pollo. El carnicero sigue manteniendo el volumen de kilos vendidos compensando la carne vacuna con las demás opciones», aseguró.

Leonardo Rafael, vicepresidente de CAMyA, analizó la reconfiguración del mercado

Estabilidad de valores, fin de la inflación desbocada y horizontes de inversión

Respecto al comportamiento de los precios en las carnicerías, Rafael remarcó que la carne vacuna se encuentra en un valor competitivo frente a otros alimentos, destacando la normalización en la dinámica de compra de la población en un contexto sin sobresaltos inflacionarios. «Hoy la carne vacuna no es un producto caro en relación con la proteína y la calidad que brinda. A nivel global es un bien selecto y escaso. En la Argentina atravesamos un proceso donde los precios se fueron acomodando por la propia competencia del mercado. Tiempo atrás se llegaron a pedir valores desmedidos, por ejemplo $22.000 o $23.000 por un kilo de milanesa en Buenos Aires, y hoy se ubica en torno a los $16.000. Al no registrarse la inflación galopante de años anteriores, el consumidor ya no se agolpa en las carnicerías para abastecerse y realiza compras diarias con la tranquilidad de que el producto mantiene su valor», explicó.

«Las condiciones actuales para la apertura de mercados y la recomposición de los valores de la hacienda en pie estimulan la inversión, pero los tiempos del campo en la producción ganadera son prolongados. Todo lo que el productor invierte hoy en retención o mejora genética se ve reflejado en el inventario recién a los dos o tres años. En un país sin crédito donde el empresario invierte con capital propio, resulta complejo proyectar a largo plazo, aunque el camino iniciado sea el correcto», consideró.

«Para lo que resta del año y las fiestas de fin de año no prevemos ningún tipo de sobresalto ni aumentos especulativos de precios. No existen determinantes económicos ni productivos que justifiquen subas del 10% o 15% en la hacienda. El alimento para el ganado se mantiene accesible, las categorías de invernada se amesetaron tras alcanzar sus máximos y la cadena se encuentra plenamente abastecida. Los argentinos van a pasar unas festividades con la mesa garantizada y sin preocupaciones en materia de abastecimiento cárnico», adelantó el referente del sector al cierre de la comunicación.