Lionel Messi estuvo a la altura de su despedida. Como durante más de dos décadas, hizo lo suyo: jugó, regaló fútbol, se emocionó, agradeció y volvió a conectar con millones de argentinos. Los que no siempre estuvieron a la altura fueron quienes tuvieron la responsabilidad de organizar la última noche del futbolista más importante de la historia de la Selección Argentina.

Porque semejante acontecimiento merecía ser perfecto o, al menos, inolvidable exclusivamente por Messi. Sin embargo, la despedida dejó varios episodios difíciles de comprender para un evento que llevaba meses pudiendo ser planificado y que sabía de antemano que tendría los ojos del mundo puestos sobre el Monumental.

La primera discusión apareció incluso antes de que rodara la pelota y estuvo vinculada al rival elegido. Benín fue el seleccionado invitado para acompañar el último partido de Messi vestido de celeste y blanco. Con todo el respeto que merece cualquier selección nacional, cuesta imaginar que no hubiese una alternativa de mayor jerarquía deportiva o simbólica para despedir a quien durante más de 20 años enfrentó a los mejores futbolistas y equipos del planeta. Talvez un combinado de ex jugadores representativos de selecciones, amigos que hayan jugados con él o que se desempeñen en otros clubes, algo más acorde a un momento así. Ya había sido vergonzosa la elección de Burkina Faso y, mucho más, sus complicaciones para llegar al país.

El 3 a 0 terminó siendo anecdótico. Argentina ganó con absoluta comodidad y Messi, como casi siempre, se encargó de darle contenido futbolístico a una noche que tenía mucho más de homenaje que de competencia. Sin embargo, lo más difícil de explicar llegó después.

Con el partido terminado, las luces se apagaron y los jugadores permanecieron en el campo observando un espectáculo de drones que prometía convertirse en una de las imágenes eternas de la despedida. El Monumental miró hacia el cielo esperando a Messi, pero lo primero que apareció fue Sancor Seguros.

Durante varios segundos, el nombre y el logotipo de la empresa ocuparon el centro de una escena que debía pertenecer exclusivamente al capitán argentino. El público entendió perfectamente lo que estaba ocurriendo y respondió con una silbatina contundente.

No se cuestiona que el fútbol moderno tenga patrocinadores ni tampoco que organizar semejante espectáculo tenga costos. El problema fue otro: hay momentos que deberían quedar por encima del negocio y la despedida de Messi era, claramente, uno de ellos.

Convertir uno de los instantes más esperados del homenaje en una vidriera comercial fue, como mínimo, una enorme falta de criterio, especialmente cuando 85 mil personas estaban esperando mirar al cielo para emocionarse con la historia del número 10, más los millones alrededor del mundo a través de sus pantallas. Las remeras de los niños que ingresaron con los jugadores, auspiciadas por McDonald’s, también se ganaron la desaprobación del público, especialmente en las redes sociales.

Después llegaron las imágenes de Messi, la Copa del Mundo y los símbolos de una carrera extraordinaria, pero el daño ya estaba hecho. Incluso hubo otro detalle insólito: una de las figuras representó al rosarino pateando con su pierna derecha, cuando la zurda fue su insignia. Puede parecer una pequeña anécdota, pero también fue una muestra de que en una despedida que debía cuidar absolutamente todos los detalles hubo algunos que evidentemente no se cuidaron.

El cierre tampoco exhibió la precisión que semejante producción demandaba. Hubo tiempos muertos, momentos de incertidumbre y hasta números artísticos que no pudieron desarrollarse como estaban previstos. El Grupo Cali, de hecho, terminó explicando públicamente que su presentación había sido suspendida por cuestiones vinculadas a la organización.

En ese contexto apareció Soledad Pastorutti y ocurrió algo completamente diferente. Sin estridencias, sin marcas comerciales y prácticamente sin necesidad de escenografía, La Sole cantó “Brindis”, se acercó a Messi y consiguió uno de los momentos verdaderamente emotivos de toda la noche.

Quizás allí estuvo la mayor contradicción del evento, porque para homenajear a Messi no hacía falta inventar demasiado: alcanzaba con Messi, con su historia, sus compañeros, su familia, una camiseta, algunas imágenes y las canciones capaces de representar lo que significa para los argentinos.

Mientras tanto, desde las tribunas también apareció otro protagonista que nadie había convocado: Claudio “Chiqui” Tapia. Los insultos contra el presidente de la AFA comenzaron antes del encuentro y regresaron con fuerza durante el cierre. El famoso “Chiqui Tapia botón” bajó desde distintos sectores del Monumental y terminó formando parte de una noche en la que cualquier otro nombre debía resultar secundario.

Que en la despedida de Messi miles de personas hayan encontrado espacio para expresar su rechazo al máximo dirigente del fútbol argentino también habla del contexto en el que se desarrolló el homenaje y terminó incorporando otro elemento ajeno a lo que debía ser el centro absoluto de la jornada.

Messi merecía otra cosa. No necesariamente algo más caro, más espectacular o con mayor cantidad de artistas, sino algo mejor pensado: una despedida sencilla si era necesario, pero impecable; un rival acorde a la dimensión de la ocasión; una ceremonia donde ninguna empresa pretendiera ocupar durante unos segundos el lugar del homenajeado; una organización sin desconciertos y un escenario donde durante algunas horas no hubiese espacio para las disputas alrededor de la conducción del fútbol argentino.

Porque oportunidades para despedir a Lionel Messi habrá una sola. Durante 21 años soportó cuestionamientos, derrotas, finales perdidas, renuncias, regresos y una presión difícil de dimensionar. Después llegaron la Copa América, la Finalissima y aquella tarde eterna del 18 de diciembre de 2022 en Qatar.

Messi terminó dándole al fútbol argentino muchísimo más de lo que alguna vez se animó a pedirle y, por eso, su última noche con la camiseta argentina merecía estar a la misma altura.

Aunque hubo lágrimas, ovaciones, música y momentos inolvidables, quedó una sensación imposible de ocultar: cuando llegó la hora de despedir al futbolista que convirtió a la Selección Argentina en una historia universal, la organización quedó demasiado chica. A Messi lo despidió su gente y el espectáculo, por momentos, simplemente no supo acompañarla.