La conmoción que sacude a España tras la muerte de Maricarmen, la octogenaria convertida trágicamente en el símbolo de la desesperación de los inquilinos, excede la coyuntura europea para transformarse en un diagnóstico universal. El caso es la radiografía descarnada del cansancio acumulado por los sectores excluidos frente a un sistema capitalista global que ha naturalizado la vivienda como un activo financiero de especulación antes que como un derecho humano fundamental. Cuando el mercado inmobiliario se apropia de los centros urbanos, expulsa a las familias y condena a la intemperie a los sectores medios y bajos, la convivencia social entra en una zona de ebullición donde las estructuras empiezan a resquebrajarse.
Y no hace falta cruzar el océano para encontrar las dolorosas huellas de este modelo de concentración extrema. La brecha obscena entre los dueños de la tierra y los despojados de un techo recorre también el pulso cotidiano de nuestra propia geografía. En San Rafael, como en el resto de las regiones postergadas por la concentración de la riqueza, la realidad muestra un contraste impiadoso: mientras un puñado de propietarios acapara decenas de inmuebles y loteos especulativos destinados a la renta turística o al atesoramiento, crecen los sectores que no tienen nada, los jóvenes que jamás podrán acceder a una escritura y las familias que peregrinan mes a mes intentando sostener un alquiler impagable.
La tragedia de Maricarmen pone al desnudo el fracaso de un dogma que confía ciegamente en las leyes del mercado para ordenar la vida en comunidad. Cuando la vivienda se transforma en un privilegio de pocos y un dolor de cabeza permanente para las mayorías, el sistema capitalista de concentración brutal demuestra su cara más inhumana. Advertir este síntoma en el espejo lejano de Europa debe servirnos para mirar con urgencia nuestra propia realidad local, donde la especulación con el suelo urbano y el abandono de políticas habitacionales amenazan con estallar en las mismas manos de los excluidos.
Alguien podrá estimar que pensar que el caso hará mella en el capitalismo mundial es una candidez. Es posible, pero no se puede soslayar que el gobierno de un país del primer mundo quedó en jaque porque los “sin voz” esta vez la hicieron oír.