La política internacional tiene una particularidad: a veces, una elección que ocurre a miles de kilómetros puede terminar teniendo consecuencias en la economía de una provincia o en el bolsillo de un productor del sur mendocino. Las elecciones legislativas de Estados Unidos, previstas para el próximo 3 de noviembre, son una de esas situaciones.

Las encuestas anticipan un escenario adverso para Donald Trump. Los demócratas mantienen una ventaja de entre ocho y nueve puntos en la intención de voto nacional para el Congreso y tienen posibilidades concretas de recuperar la Cámara de Representantes. Un sondeo de Reuters/Ipsos les otorga el 53% frente al 44% republicano entre los votantes probables. Además, la aprobación de Trump se ubica apenas en el 32%. El costo de vida, la inflación y el malestar económico aparecen entre las principales razones del descontento.

Una derrota republicana no significa la salida de Trump de la Casa Blanca. Seguirá siendo presidente hasta enero de 2029 y conservará atribuciones importantes en política exterior. Pero perder el control del Congreso tendría consecuencias: encontraría mayores obstáculos para impulsar leyes, aprobar presupuestos y sostener determinadas iniciativas. También quedaría expuesto a un control parlamentario mucho más incómodo.

Y allí aparece la Argentina de Milei. El presidente construyó buena parte de su política exterior alrededor de una relación personal y política con Trump. La pregunta es qué sucede si ese aliado comienza a perder poder en su propio país.

Estados Unidos anunció que prevé movilizar hasta 20.000 millones de dólares en inversiones y financiamiento para proyectos argentinos, especialmente en energía, minería e infraestructura. Pero el propio embajador estadounidense, Peter Lamelas, vinculó la continuidad de ese respaldo más allá de 2027 con el resultado de las próximas elecciones presidenciales argentinas. Es decir, Washington dejó en claro que su apoyo no es un cheque en blanco.

Una eventual derrota legislativa de Trump no anularía automáticamente esos compromisos. Tampoco supondría que Estados Unidos vaya a abandonar sus intereses estratégicos en nuestro país. El petróleo, el gas, el litio, el cobre y la competencia internacional por los recursos naturales argentinos exceden las simpatías personales de los presidentes.

Pero sí podría cambiar el escenario político. Un Congreso con mayor presencia demócrata podría exigir explicaciones sobre el uso de recursos públicos, cuestionar determinadas operaciones financieras y poner límites a algunas iniciativas de la administración republicana. La relación con la Argentina tendría que desenvolverse en un contexto menos favorable para la diplomacia personal que tanto entusiasma a Milei.

El problema es que nuestro presidente parece haber confundido, en más de una oportunidad, la política de Estado con la amistad entre gobernantes. Y las amistades presidenciales pueden ser tan intensas como transitorias.

¿Qué significa todo esto para Mendoza? Nuestra provincia necesita inversiones, mercados, infraestructura y previsibilidad. La minería, la energía y la producción agroindustrial pueden encontrar oportunidades en una relación más estrecha con Estados Unidos. Pero también necesitan condiciones que no dependan exclusivamente de quién ocupa el Salón Oval. Los acuerdos comerciales, la estabilidad de las reglas y la apertura de mercados deben ser políticas sostenidas, no favores personales.

Para San Rafael, la discusión tiene una dimensión todavía más concreta. Nuestra economía no se sostiene solamente con grandes proyectos mineros o energéticos. Se apoya en miles de productores, bodegas, establecimientos olivícolas, empresas agroindustriales, comercios y prestadores turísticos que necesitan vender, invertir y generar trabajo.

El vino, el aceite de oliva, el ajo, las conservas y otros productos regionales requieren mercados abiertos y condiciones competitivas. Una relación comercial favorable con Estados Unidos puede representar oportunidades, pero también hay que evitar que la política de alineamientos automáticos nos haga perder capacidad de negociación con otros destinos. China, Brasil, la Unión Europea y los mercados regionales seguirán siendo actores fundamentales para nuestras exportaciones.

En este punto hay una cuestión que debería preocuparnos: mientras el Gobierno nacional deposita tantas expectativas en su vínculo con Washington, las economías regionales siguen reclamando infraestructura, alivio fiscal, financiamiento y políticas productivas. No alcanza con fotografiarse con un presidente poderoso si después esas imágenes no se traducen en oportunidades para quienes producen.

Mendoza tampoco puede quedar al margen de esta discusión. La provincia necesita una estrategia propia para vincularse con el mundo, defender sus intereses productivos y atraer inversiones. Y San Rafael necesita que esa estrategia contemple las particularidades de su matriz económica, no solamente las expectativas de los grandes negocios nacionales.

La elección estadounidense será, entonces, mucho más que una disputa entre republicanos y demócratas. También será una señal sobre el futuro de una alianza internacional en la que Milei decidió comprometer buena parte de su capital político.

Quizá el principal error del presidente argentino sea creer que la suerte de su proyecto depende de la permanencia de Trump y de su influencia en Washington. Los países no pueden organizar su futuro alrededor de la suerte electoral de otro mandatario.

Argentina necesita relaciones maduras, acuerdos duraderos y una política exterior capaz de conversar con gobiernos de distinto signo sin renunciar a sus intereses. Porque Trump puede ganar o perder las elecciones. Milei puede conservar o perder a su principal aliado político. Pero los productores, los trabajadores y las pequeñas empresas de nuestro departamento no tienen la posibilidad de cambiar de país cuando las decisiones de los poderosos salen mal.