Había una vez un país cuyo presidente tenía vínculos empresariales con los propietarios de una entidad financiera. Esta entidad nació como una aplicación digital y, con el tiempo, se convirtió en un banco.
La entidad creció a una velocidad extraordinaria, sumó millones de clientes y consiguió captar una cantidad multimillonaria de recursos públicos. Entre ellos, fondos pertenecientes al sistema previsional, es decir, dinero que debería estar destinado a garantizar las jubilaciones y la protección social de los trabajadores. Ello derivó en que los otros bancos criticaran la cercanía del presidente con la entidad en cuestión.
Durante ese proceso se produjeron modificaciones normativas y decisiones administrativas que, según las denuncias presentadas por legisladores, habrían favorecido la expansión de la entidad y facilitado la llegada de recursos estatales. Las reglas parecieron acomodarse a las necesidades de un negocio que no dejaba de crecer.
Hasta que un día la estructura se derrumbó.
El organismo regulador intervino el otrora exitoso banco por problemas de solvencia. Los ahorristas se quedaron sin poder disponer de su dinero, las instituciones públicas descubrieron que tenían cientos de millones de dólares comprometidos y comenzaron las investigaciones judiciales. Aparecieron, entonces, préstamos a empresas vinculadas a los propietarios, cuestionamientos sobre la supervisión y posibles conflictos de intereses en las más altas esferas del poder.
La situación se volvió insostenible. La oposición reclamó explicaciones, la sociedad salió a las calles y el Congreso puso en marcha un juicio político contra el presidente. La crisis ya no fue solamente financiera: fue institucional.
El mandatario terminó presentando su renuncia. La Cámara de Diputados aprobó la acusación para someterlo a juicio político y la Justicia abrió investigaciones sobre su eventual responsabilidad. La posibilidad de que debiera responder penalmente por lo sucedido también queda planteada.
La historia real sucede en Paraguay. El presidente es Santiago Peña. La entidad financiera es Ueno Bank y el grupo empresario que la controla es el Grupo Vázquez. Ayer, Peña presentó su renuncia, mientras la Cámara de Diputados aprobaba por 78 votos la acusación para someterlo a juicio político. La decisión final sobre ese procedimiento corresponde al Senado, mientras las investigaciones penales siguen su propio camino.
Lo verdaderamente inquietante es que esta historia, aunque transcurra en un país vecino, tiene resonancias demasiado cercanas para la Argentina.
Aquí también existe una poderosa empresa nacida como plataforma digital que se transformó en un actor central del negocio financiero. Mercado Pago, propiedad de Mercado Libre, cuyo fundador y principal referente, Marcos Galperin, mantiene una relación pública de cercanía con Javier Milei, viene reclamando una ampliación de sus posibilidades de intervención en el sistema financiero.
El debate sobre el pago de salarios y jubilaciones a través de billeteras virtuales ya llegó al Congreso y formó parte de las discusiones sobre la reforma laboral. También existe una realidad concreta: millones de argentinos tienen sus ahorros en esta plataforma. La expansión de ese negocio y sus posibilidades de crecimiento plantean interrogantes sobre los controles, la protección de los usuarios y los límites entre los intereses privados y las decisiones del Estado.
No estamos diciendo que Mercado Pago sea Ueno Bank, que haya ocurrido en la Argentina lo que sucedió en Paraguay ni que exista una responsabilidad penal demostrada de Milei o de Galperin. Sería incorrecto establecer esa equivalencia. Pero tampoco sería razonable ignorar las similitudes en torno a la relación entre el poder político, los grandes empresarios tecnológicos y la búsqueda de nuevas oportunidades de negocios financieros.
La pregunta es hasta dónde puede llegar esa relación. ¿Qué garantías existen para que las decisiones públicas no terminen favoreciendo intereses privados? ¿Qué sucede cuando los organismos de control quedan expuestos a conflictos de intereses? ¿Quién protege los recursos de los trabajadores y los ahorristas cuando el Estado deja de actuar como garante y se convierte en facilitador de determinados negocios?
Paraguay acaba de ofrecer una respuesta dramática a lo que puede ocurrir cuando esos límites se desdibujan. Un presidente renunció, un banco fue intervenido, miles de ahorristas quedaron en la incertidumbre y el sistema institucional tuvo que reaccionar frente a una crisis que pudo haber sido advertida y contenida mucho antes.
La Argentina todavía está a tiempo de discutir estas cuestiones sin necesidad de atravesar una experiencia semejante. La innovación financiera no debe ser un enemigo, las billeteras virtuales forman parte de una transformación tecnológica que llegó para quedarse y la competencia puede beneficiar a los usuarios. Pero ninguna modernización justifica debilitar los controles, relativizar las garantías o confundir el interés público con la conveniencia de los empresarios cercanos al poder.