El juego que marcó una parte de la infancia de muchos argentinos tenía, como principal característica, que los jugadores se exoneraban de sus responsabilidades. En resumidas cuentas, los participantes sostienen su “inocencia” ante una inquisición de parte del “Gran Bonete” para, acto seguido, señalar a quien se considera como verdadero responsable de lo planteado.
En consonancia con aquel entretenimiento, el gran problema de la Argentina de hoy no pareciera ser ni económico ni político en sí, sino de responsabilidades. Y es que todos, dirigentes y ciudadanos, hemos desarrollado una habilidad tan extendida como perniciosa: nunca ser responsable de nada y siempre culpar a otro, como en el juego de referencia inicial.
Por caso, en estos días en nuestro país nadie es culpable de las penurias económicas que nos aquejan. Quienes dejaron el poder hace un par de años sostienen que la incapacidad de los actuales gobernantes es la principal causa de esta complicada actualidad. Por su parte, quienes hoy gobiernan aseguran que recibieron un desastre financiero. ¿Yo señor? ¡No señor!
Irresponsable es también el legislador que esconde sus opiniones personales a la hora de tratar temas espinosos en las diferentes legislaturas si es que con ellas puede ganarse la desaprobación de las estructuras del partido que representa o de la opinión pública. Olvidan que están para eso: legislar, aun cuando sus decisiones sean políticamente incorrectas o desagradables.
Los ciudadanos también tenemos lo nuestro, y en demasiadas ocasiones. Es más, si cada uno de nosotros repasara finamente sus actuaciones vería que, en algún punto, ha caído en la tentación de “quitarse el sayo”. En ese marco, el más irresponsable es aquel que pretende que los demás cumplan la ley pero indefectiblemente busca un atajo salvador cuando es él quien debe acomodarse a la norma.
Miles de ejemplos más inundarían este espacio donde la asunción de responsabilidades propias brilla por su ausencia. Todos los días y en todos los ámbitos. ¿Las soluciones a nuestros problemas? Brillan por su ausencia.





