No solo no hubo una ola roja republicana, sino que los demócratas lograron conservar el control del Senado por otro par de años gracias al crucial triunfo de Catherine Cortez Masto en Nevada, confirmado por el escrutinio definitivo.
«Esta es una victoria y una revancha para el partido. Los votantes han rechazado a los candidatos MAGA (Make America Great Again, Haz América grande otra vez, el lema de Donald Trump) , destacó eufórico el oficialista Chuck Schumer, quien retendrá el liderazgo del bloque en la Cámara Alta.
Cortez Masto derrotó a Adam Laxalt, dirigente apoyado por el magnate neoyorquino, y así consiguió el preciado escaño 50 sobre un total de 100, aunque los demócratas cuentan para los desempates con el sufragio decisivo de la vicepresidenta Kamala Harris.
Incluso ese voto de la número dos de la Casa Blanca puede dejar de ser clave en caso de que la única banca por asignar, que se dirimirá en Georgia el 6 de diciembre en un balotaje entre el azul Raphael Warnock y su rival Herschel Walker, quede finalmente en manos de las huestes del robustecido Joe Biden.
El resultado en Nevada, donde los demócratas se impusieron además en la carrera por la secretaría de Estado con Cisco Aguilar- representa otro duro golpe para los republicanos en estos comicios intermedios que afrontaban optimistas ante la expectativa de un triunfo arrollador, algo que lejos estuvo de ocurrir, al punto que ni siquiera pueden festejar aún el dominio de la Cámara de Representantes, donde sus adversarios, pese a correr desde atrás, permanecen en carrera porque resignaron muchos menos diputados de los que auguraban las encuestas.
PASE DE FACTURAS
La severa derrota opositora alimenta la polémica interna en esa fuerza, como reflejó el senador conservador Josh Hawley apenas conocido el escrutinio en Nevada: «El Grand Old Party está muerto. Es hora de enterrarlo y construir algo nuevo».
Si bien casi todos los candidatos apoyados por Trump sucumbieron, el ex presidente, considerado por la mayoría de sus correligionarios, incluida la cadena Fox, como el gran culpable de la debacle, rechaza las acusaciones y contraataca con un torbellino de llamadas telefónicas donde apunta los dardos a su principal enemigo dentro del partido, Mitch McConnell.







