Redacción| El dato es terminante: la morosidad en los créditos personales y de consumo de las familias argentinas alcanzó en septiembre un récord histórico, superando el 9.1% en préstamos personales y escalando al 7.3% en el total de los hogares. Esta cifra, emanada del Banco Central, no es un mero guarismo financiero; es la crónica social del desahogo imposible de vastos sectores de la Argentina. Si el crédito, para muchos, se ha transformado en un mecanismo de supervivencia, la morosidad récord es la señal de que ese mecanismo se ha roto.
La recurrencia de este incremento, que se sostiene por once meses consecutivos, nos obliga a superar la mirada superficial y a comprender el drama subyacente. El endeudamiento, en este contexto, ha dejado de ser una herramienta de progreso para transformarse en un mecanismo de subsistencia forzada
El círculo vicioso del alto costo
El informe del BCRA confirma que el problema se gesta en la brecha insalvable entre ingresos y tasas. Mientras los salarios luchan por empatar la inflación, el acceso al crédito se ha encarecido de manera brutal: la tasa promedio para los préstamos personales se disparó hasta casi el 82% en septiembre. Este alto costo funciona como un filtro perverso: expulsa del sistema a quienes buscan crédito para invertir y deja atrapados a quienes lo necesitan para subsistir.
La morosidad récord, por lo tanto, no es una manifestación de irresponsabilidad individual, sino el agotamiento de los recursos de amortiguación familiar frente a la erosión inflacionaria. Cuando la deuda se usa para pagar la deuda anterior, la familia entra en un círculo de fragilidad financiera que es casi imposible de romper.

¿Y por casa cómo andamos?
Esta dinámica nacional tiene un eco particular y amplificado en el sur mendocino. En San Rafael, la estructura productiva, marcada por el turismo estacional, el comercio minorista y la agricultura, genera ingresos que son especialmente vulnerables a los ciclos de inflación y tasas altas.
Aquí, el endeudamiento récord se manifiesta en el aumento de las cuotas impagas en los comercios de cercanía y en la dependencia crítica de las tarjetas para financiar los meses de temporada baja. El pequeño productor, el emprendedor turístico o el empleado de comercio que recurre a un préstamo personal para afrontar gastos de salud o educación, está asumiendo una tasa usuraria para garantizar la continuidad de su vida productiva, no para expandirla. La morosidad es el síntoma de que la economía real local está fallando en su promesa más elemental: permitir a las familias llegar al fin de mes sin hipotecar el mañana.
El fenómeno es particularmente agudo porque se concentra en líneas de crédito de consumo. Esto señala que el capital prestado no está yendo a la formación de patrimonio, sino a la cobertura de déficits corrientes. El crecimiento de la morosidad no es solo una cifra, es la manifestación de que millones de argentinos han perdido la expectativa de que su situación económica mejorará. Han agotado su crédito no por avaricia, sino por necesidad. Y al caer en el incumplimiento, se autoexcluyen del sistema formal, condenándose a una precariedad que dificulta aún más su reinserción futura. Es, en esencia, la expresión silenciosa de la desesperanza económica de las clases media y baja.
El desafío es estructural. La respuesta no puede ser meramente financiera. La morosidad récord nos obliga a mirar con crudeza el tejido social: lo que se rompe no es solo el contrato de un préstamo, sino la capacidad de previsión y el horizonte de futuro de la familia argentina.







