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Las máscaras de la negación: del racismo que señalamos al que ejercemos

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Cada vez que se instala la pregunta sobre la falta de diversidad en nuestra sociedad o se señala la carga discriminatoria en nuestras manifestaciones culturales, la reacción colectiva suele oscilar entre el abroquelamiento indignado y la ironía defensiva. Nos apresuramos a esgrimir que la Argentina es un crisol de razas, un refugio histórico para perseguidos y una patria abierta a todos los hombres del mundo que quieran habitar su suelo. Sin embargo, detrás de ese mito fundacional tan proclamado en las escuelas, existe una urdimbre de prejuicios que la cotidianeidad expone de forma implacable.

Las polémicas no son casuales ni aisladas. Cuando figuras públicas con responsabilidad institucional —como los lamentables episodios que involucraron a la vicegobernadora Hebe Casado en relación a los jugadores de la selección francesa— apelan a la descalificación basada en el origen, el color de piel o la nacionalidad para canalizar chicanas políticas o futboleras, no hacen más que validar y habilitar un discurso de odio que late soterrado en el cuerpo social. No se trata de mero «folclore» ni de humor inofensivo; es la manifestación explícita de un sesgo que se niega a reconocerse como tal.

Pero el racismo más extendido y peligroso no siempre viste la camiseta del escándalo mediático. Se despliega en una infinidad de microactos diarios, naturalizados y casi invisibles. Es la xenofobia solapada pero feroz con la que se juzga a la inmigración limítrofe, señalando con el dedo a ciudadanos bolivianos o paraguayos bajo estereotipos laborales y sociales que avergonzarían a cualquier comunidad con pretensiones democráticas. Es la mirada sospechosa, la exclusión sutil pero sistemática en el trato cotidiano.

Y hay una dimensión aún más profunda, arraigada en nuestra propia geografía. Menciones que a menudo parecen inconscientes —pero que difícilmente lo sean— apelan al término «negro» no para referirse a una etnia, sino para estigmatizar al propio argentino, al mendocino, al vecino sanrafaelino. Se utiliza para marcar una frontera moral y estética: para aquel que no coincide con cierto ideal de ciudadano por el solo hecho de habitar en determinado barrio vulnerado, vestir de una forma particular o sostener ideas políticas diferentes.

El racismo «a la argentina» es un dispositivo de clase y de segregación social. Pretender que no existe, o que es solo una acusación infundada impulsada por la corrección política internacional, nos impide abordar la herida. Mirarnos al espejo con honestidad exige admitir que la discriminación no siempre viene de afuera ni se da únicamente en otras latitudes: habita en nuestros discursos, en nuestras calles y en las barreras invisibles con las que elegimos señalar a nuestros propios compatriotas.

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