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Mentirosos, mentirosos…

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Mentimos a nivel individual y a nivel colectivo, en trivialidades y en grandes escándalos financieros, en nuestra vida cotidiana y sobre nuestro pasado. Dejamos la ética de lado por un pequeño descuento, un placer carnal, una nota más alta, una codicia desenfrenada o la leve ventaja respecto a nuestro competidor directo. Políticos, deportistas, jueces, niños, hombres y mujeres. Y, sin embargo, todos nos definimos como íntegros y honrados.
Dan Ariely, psicólogo y catedrático en la Universidad de Duke (EE.UU.), se sumerge –en su libro “Por qué mentimos… en especial a nosotros mismos”- en los pliegos y claroscuros de la mente para entender qué nos hace mentir y de qué forma nos protegemos de ello, respondiendo a preguntas tales como: ¿Mentimos más cuando nos obligan a colaborar? ¿Son los creyentes más honestos? ¿Sobre qué temas nos resulta más sencillo mentir? ¿El miedo a ser descubiertos reduce nuestra tendencia al engaño? ¿Es el autoengaño una forma de protección?
La verdad es que no hace falta ser un as de la deducción para descubrir que gran parte de nuestra sociedad está construida en torno a mentiras y medias verdades, necesarias en muchas ocasiones para lograr una agradable convivencia con el vecino. De hecho, dice Ariely, una cosa es irritarse por fraudes y mentiras menores a cargo de personas en definitiva irrelevantes y otra es la institucionalización del fraude a escala mayor. Este es posible, señala, cuando unos pocos con información y poder privilegiado se desvían de la norma y contagian a los de su alrededor, quienes además contagian a otros hasta que en un tiempo relativamente breve todos quienes actúan así empiezan a considerar adecuadas sus propias conductas. Tan adecuadas y normales les parecen, cabe agregar, que cuando alguien se las señala como fraudulentas son capaces de ofenderse.
La política partidaria es un caldo de cultivo ideal para los mentirosos. Detectarlos –y hacer visibles sus engaños- es el arma ciudadana más poderosa contra sus infames conductas.

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