La postal se repite cada invierno con una puntualidad exasperante: más de veinte días de parálisis, miles de camiones varados a la vera de la Ruta 7 y pérdidas que ya superan los 18 millones de dólares para el sector productivo y logístico.
El colapso del Paso Internacional Cristo Redentor dejó de ser una contingencia climática imprevisible para consolidarse como el síntoma estructural de un modelo limitado y agotado. Cada temporal en la alta montaña al desnudo pone en evidencia la fragilidad de un corredor bioceánico que somete al comercio exterior del país a los caprichos del tiempo.
Frente a este escenario de resignación periódica, la respuesta técnica y logística existe desde hace décadas, pero permanece archivada en los despachos oficiales. El proyecto del Paso Las Leñas no representa una alternativa fantasiosa ni una pretensión parroquial; es una solución de ingeniería estratégica. Por su menor altitud y su diseño basado en un túnel de baja altura, garantiza transitabilidad durante la mayoría del año, reduciendo drásticamente los costos fijos, el riesgo operativo y los tiempos de flete para toda la región del Cono Sur.
Sin embargo, Las Leñas continúa durmiendo el sueño de los justos. El motivo de este estancamiento no responde a complejidades geológicas insuperables, sino a una trama de desinterés, falta de decisión política y miopía estratégica. Por un lado, la Provincia padece una histórica inercia gubernamental que se niega a descentralizar las prioridades de desarrollo; por el otro, la actual parálisis de la obra pública impulsada desde el Gobierno nacional termina por sepultar cualquier aspiración de financiamiento para infraestructura de gran escala.
A este cuadro de parálisis estatal se le suma una presión menos visible pero decisiva: el lobby del establishment del norte provincial. La concentración del poder político y económico en el Gran Mendoza ha mirado históricamente con desconfianza cualquier alternativa logística que mueva el eje de gravitación hacia el Sur. Se prefiere invertir de forma interminable en emparchar y mantener un corredor saturado y vulnerable en el norte antes que habilitar un polo de desarrollo competitivo en los departamentos sureños.
Esa postura encubre una severa discriminación hacia el Sur mendocino. Condenar al olvido el Paso Las Leñas equivale a privar a San Rafael y a Malargüe de un motor de transformación económica, industrial y turística sin precedentes. Insistir un año tras otro en apostar todo a un paso fronterizo que demuestra sistemáticamente sus limitaciones operativas ya no es solo una mala decisión económica: es la confirmación de una política que posterga el futuro de toda una región.



