Cada 8 de septiembre la efeméride convoca a homenajear a quienes, con su trabajo diario en el surco, moldearon la identidad económica y social de Mendoza. Históricamente, la fecha representó la celebración del esfuerzo de familias pioneras que transformaron el desierto en un oasis productivo a fuerza de riego, tesón y arraigo. Sin embargo, en el escenario actual, el calendario impone una jornada de reflexión crítica antes que de festejo: el sector agrícola atraviesa una de las crisis más severas de su historia contemporánea, y la conmemoración encuentra a los productores locales enfrentando un panorama signado por la incertidumbre y el repliegue.
La vitivinicultura, actividad insignia de la región, transita por un proceso de degradación que diversos analistas y actores del sector ya califican de estructural y potencialmente terminal respecto del modelo tradicional. El esquema que durante décadas permitió el sostén del pequeño y mediano productor se encuentra agotado. Hoy, la brecha entre los costos de producción y los valores de mercado que se pagan en la finca ahoga a las economías regionales. Mientras la cadena de comercialización retiene la mayor tajada de la rentabilidad, los frutos de la tierra mendocina pierden valor relativo, dejando al agricultor sin capacidad de reinversión ni margen para la subsistencia. A esta distorsión se suma el ingreso indiscriminado de productos foráneos y la asfixia financiera sobre el minifundio, que precipita la consolidación de grandes grupos económicos y la concentración de la tierra.
En los hechos, la administración del gobierno provincial ha impulsado un cambio de matriz productiva de facto, volcando sus principales decisiones y recursos hacia el desarrollo de la minería y los proyectos energéticos. En esta nueva escala de prioridades provinciales, la agricultura tradicional ha quedado desplazada a un plano marginal, como si el destino del campo mendocino fuera un costo aceptable en pos de ese nuevo esquema extractivo.
Las consecuencias de esta reconversión forzada repercuten de manera directa en el perfil demográfico y social de San Rafael. Ante la falta de rentabilidad y la ausencia de un proyecto agrario provincial, las generaciones más jóvenes optan por la deserción rural y la migración hacia los centros urbanos. El San Rafael pujante de antaño, que ostentaba orgullo por su capacidad agroindustrial y el vigor de sus colonias productivas, se distorsiona hoy en una postal de abandono.
Garantizar la supervivencia de la agricultura familiar no es solo una discusión económica; es una definición sobre el modelo de desarrollo regional y el resguardo de la identidad local. Sustituir el entramado productivo histórico por la promesa minera y energética, condenando al olvido al pequeño y mediano agricultor, implica desmantelar la estructura social sobre la que se construyó Mendoza.


