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Cuando la intolerancia desde el poder quiebra la Patria

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A casi un mes de la esperada llegada del Papa a la Argentina, la Iglesia católica volvió a marcar el pulso moral de un país agobiado por la crisis y el desencuentro. Desde el santuario de Luján, y ante una multitud, el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, pronunció una homilía de extrema dureza que no tardó en leerse como un diagnóstico impiadoso de la coyuntura nacional. La frase resonó con la fuerza de una advertencia ineludible: «Las heridas de la intolerancia supuran y se está infectando el alma del pueblo».

Aunque el mensaje episcopal eligió el tono pastoral de la exhortación a la fraternidad, su destinatario real es transparente. Es imposible no encarnar la crítica en las más altas esferas del poder político, allí donde el ejercicio de la gestión se ha construido sistemáticamente sobre la base de la descalificación, el insulto cotidiano y la confrontación permanente como método de gobierno. Cuando desde la cúspide de la administración nacional se promueve el agravio al adversario, se naturaliza la crueldad económica y se tilda de enemigo a todo aquel que disienta, la agresión deja de ser una anécdota de redes sociales para convertirse en un tóxico que corroe el tejido social.

García Cuerva advirtió sobre ese veneno que destila la crispación oficial. La «infección» de la que habla el arzobispo es el resultado directo de un modelo que subasta los recursos estratégicos, licua los ingresos de los jubilados, precariza el trabajo y, al mismo tiempo, celebra el individualismo extremo como una virtud cívica. Las heridas sociales no cierran cuando el Estado abandona su rol de resguardo y opta por profundizar la grieta con fanatismo dogmático.

A pocas semanas de recibir al Santo Padre, el severo llamado de la Iglesia interpela de lleno a la sensibilidad colectiva y desnuda la peligrosa deriva de un movimiento político que tomó las riendas del poder y habitualmente confunde autoridad con agresión. Si el alma del pueblo se infecta de odio y desesperanza, ninguna variable macroeconómica de cartel ni ningún superávit financiero podrán salvar el destino de una Nación quebrada en sus vínculos más elementales.

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