El psicopedagogo Alejandro Castro Santander, reconocido por su trayectoria en temas de convivencia escolar, a propósito del día internacional contra el acoso escolar que se conmemora el 2 de mayo, realizó un detallado análisis del bullying en las escuelas, su evolución, y las respuestas aún insuficientes que se dan desde las instituciones. Su mirada abarcó no solo la definición del fenómeno, sino también los errores frecuentes al abordarlo y la necesidad de implementar estrategias más profundas, sostenidas y articuladas.
“El bullying, desde la investigación, lleva más de 50 años. Cuando comienza el investigador que le pone el nombre, Olweus, que salió de Noruega a hablar de esto, vemos que no solamente no se ha podido corregir o aminorar, sino que se ha ido complejizando”, explicó a Diario San Rafael y FM Vos 94.5 Castro Santander. Y añadió: “El tema es complejo y necesita una respuesta más compleja, más integral, que es lo que no se está logrando”.
Según el especialista, uno de los principales obstáculos para afrontar el bullying es la falta de acuerdos básicos sobre el fenómeno. “Nos preocupa que no hay acuerdos, ni siquiera sencillos, como por ejemplo cuál es el origen del término o qué abarca realmente el bullying. Vemos errores como llamar bullying a cualquier cosa”, sostuvo.
Castro Santander destacó que una definición adecuada del concepto es fundamental para poder actuar. “Cuando uno busca una traducción, encuentra la palabra intimidación, pero el bullying es acoso, hostigamiento, es una violencia que dura en el tiempo. La intimidación puede ser una vez, el bullying implica repetición y abuso de poder”, aclaró. También repasó el origen del término: “En el comienzo la palabra venía de ‘amante’ o ‘protector’, y con el tiempo fue mutando hasta significar ‘matón’. Pero bullying no es matonaje, es hostigamiento”.
Consultado sobre si las sanciones a los estudiantes agresores funcionan como herramienta efectiva, el psicopedagogo fue tajante: “Tiene que haber sanción si hay normativa sobre convivencia, pero por supuesto que no basta. Si una institución solo tiene normas de convivencia o disciplina, desde ya que no alcanza”.
Y en esa línea, explicó que la respuesta debe involucrar diferentes niveles. “Hay que trabajar desde el currículum, con los valores, con los aspectos socio-afectivos. Hay que trabajar muy fuerte la empatía. Lo he visto: hay grupos donde uno puede desarmar actitudes hostiles si se trabajan estos aspectos. Tienen mucho de cultural, de hábitos familiares, de formas de tratarse, de burlarse o de divertirse a costa del otro”, puntualizó.
Al hablar del rol de la víctima dentro del grupo, planteó una realidad dolorosa: “El que lo sufre, muchas veces lo ha naturalizado. Está integrado en el grupo, pero su rol es ese: se aguanta, incluso cuando lo cargan se ríe. Pero cuando uno habla con el grupo y muestra que no todos se están divirtiendo, esas actitudes se desarman”.
El especialista también abordó un aspecto menos tratado del bullying: el componente psicológico que lleva a algunos chicos a disfrutar el daño que provocan. “Es una pregunta muy importante, porque ya no se trata solamente de violencia escolar. Hablamos de ‘violencia por diversión’, que no tiene que ver con la guerra ni con otros tipos de violencia organizada. Es el gusto de dañar al otro porque sí, para divertirse”.
En ese sentido, recordó hechos previos a la era de las redes sociales pero que ya mostraban este patrón: “Mucho antes de las redes ya se veían jóvenes que grababan acciones violentas, incluso letales, y las subían a Internet como si fueran videos graciosos. Algunos muy crueles, como prender fuego a un mendigo”.
Castro Santander vinculó este tipo de comportamientos a trastornos de la personalidad: “Tiene que ver con un grado de malicia, con una especie de disocialidad. Lo hemos analizado en casos de bullying duro, muy cercano a trastornos disociales que, en la juventud y adultez, se acercan a la psicopatía”.
A lo largo del diálogo, el especialista dejó claro que el abordaje del bullying no puede quedarse en lo punitivo ni en campañas aisladas, sino que requiere una transformación institucional y cultural más profunda. “La solución no es una receta única, pero sí debe ser sostenida en el tiempo, coherente entre lo que dice la escuela, lo que hacen los docentes y lo que pasa en la familia. Mientras eso no ocurra, seguiremos viendo víctimas silenciosas, acosadores impunes y grupos que naturalizan la violencia como forma de vínculo”, concluyó.







