El panorama de la seguridad vial atraviesa una crisis profunda, alimentada por un parque automotor de motocicletas que no deja de crecer y un Estado que parece haber renunciado a la planificación y al control. Para el doctor Juan Zigliotto, médico traumatólogo y referente en accidentología, la situación es crítica: la moto es hoy la mayor generadora de discapacidades permanentes, mientras que la falta de sanciones efectivas consolida una anomia generalizada en las calles. «Estamos haciendo todo mal; se gasta una fortuna en atender las consecuencias, pero no se invierte un centavo en prevención», advirtió en una entrevista reveladora ante nuestro medio de comunicación.
El incremento en el patentamiento de motos, impulsado por factores económicos y la deficiencia del transporte público, ha saturado un espacio vial que no fue diseñado para esta convivencia. «La moto es la opción salvadora ante una malísima distribución del transporte público, especialmente en departamentos como el nuestro. Sin embargo, es el eslabón más vulnerable porque es un vehículo antigravitatorio que requiere equilibrio constante; si sumas la superficie de las cubiertas de adelante y de atrás, no es más que la suela de un zapato. Ese escaso contacto debe sostener 140 kilos promedio entre vehículo y conductor en terrenos desparejos, con arena y mala señalización. Es un caldo de cultivo para el siniestro», afirmó el doctor Juan Zigliotto al principio del reportaje.
La salud pública en jaque: el costo del no prevenir
El sistema sanitario provincial absorbe diariamente el impacto de una siniestralidad que, en gran medida, sería evitable con políticas de fondo. Esta situación coloca a la salud pública en una encrucijada financiera y operativa, destinando recursos millonarios a paliar las consecuencias de la desidia vial.
El impacto en los hospitales es una de las mayores preocupaciones para los profesionales del sector, dado que la atención de estos incidentes consume una parte sustancial del presupuesto de salud. «Más del 25% de los costos operativos de un hospital público, tanto en insumos como en horas de atención especializada, derivan del paciente politraumatizado por accidentes viales. Es un viejo cliché, pero es la realidad: lo que el Estado gasta en la consecuencia, no lo invierte en prevención. No alcanza con una ‘cañita voladora’ o una campañita aislada para intentar justificar que se está haciendo algo», sentenció el especialista.
Más allá del gasto económico, el entrevistado advirtió sobre las secuelas de por vida que quedan invisibilizadas tras las frías estadísticas de mortalidad. «Solemos mirar solo la cifra de muertos, pero detrás de cada fallecido hay, al menos, siete personas con secuelas definitivas y de por vida», indicó.
«La moto es hoy la primera causa de paraplejía y cuadriplejía en el país, además de ser el primer proveedor de donantes para el INCUCAI. La asimetría entre la magnitud del daño causado y la inacción estatal para prevenir esta violencia vial es simplemente alarmante», añadió.

La «madre de todas las batallas»: el control de velocidad
Zigliotto se mostró contundente al señalar que los operativos actuales son arcaicos y que la educación, por sí sola, no alcanza si no existe una sanción económica inmediata. «La velocidad es la madre de todas las batallas y hoy nadie la controla. Tenemos una policía con operativos tipo militares, que están bien para la alcoholemia, pero que son arcaicos. En países desarrollados, la policía circula con vehículos disimulados y la sanción te llega por fotomulta directo a tu caja de ahorro. Aquí, la sanción casi no existe», opinó al respecto en diálogo con FM Vos 94.5.
«En una esquina de San Rafael puedes llenar hojas de infracciones y ves que nada cambia. La sanción es más rápida que la educación; cuando le tocas el bolsillo a la gente, recién ahí se despabila», agregó.
De la anomia a la antropología vial
El concepto de «antropología vial» surge como una necesidad urgente de entender el comportamiento social en las calles y por qué el conductor mendocino, aun conociendo la norma, decide ignorarla de manera sistemática, generando un escenario de riesgo constante.
Dentro de ese marco, el análisis del doctor Juan Zigliotto puso el foco en la brecha entre información versus acción. «Existe una anomia real en nuestras calles. La gente sabe la ley lo suficiente para aprobar el examen de conducir, pero a la hora de la verdad no la aplica; tiene la información, pero le falta la actitud responsable. La ausencia de planificación del pasado es lo que nos trajo a este caos actual, y la que hoy no se está haciendo es la que nos traerá una crisis de siniestralidad aún mayor en los próximos cinco o diez años», anticipó en esa instancia de la comunicación.
Ante este panorama, la tecnología desaprovechada aparece como una oportunidad perdida para ordenar el tránsito de manera eficiente. «Hoy existen herramientas avanzadas para controlar: cámaras, fotomultas y sistemas de monitoreo constante. En otros países se filma la maniobra ilegal y el monto de la sanción se debita automáticamente», insistió.
«En Mendoza, en cambio, las pocas acciones que vemos parecen más recaudatorias que preventivas. Necesitamos un cambio de paradigma para proteger al más vulnerable —peatón, ciclista y motociclista— en lugar de seguirlos tratando como un estorbo que no debería estar en la vía pública», sostuvo.
Un mensaje de urgencia
Según su punto de vista, el Estado debe recuperar su rol como conductor natural de las políticas de seguridad para frenar la violencia vial. «Nos sacudimos cuando la víctima es conocida o cuando sucede un siniestro con turistas, pero el problema es cotidiano. La accidentología es la primera causa de muerte entre los 18 y los 30 años», aseveró con franqueza.
«No podemos seguir minimizando los problemas del motociclista. Es una violencia evitable que requiere dejar de lado la desidia y encarar el tema de manera holística y profesional», completó.







