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domingo 7, de agosto , 2022

Buenos Aires: su madre mató a su papá hace 30 años, pero al salir de la cárcel logró perdonarla

El martes 20 de febrero de 1990 era un típico día de verano. Silvia Corvalán, que tenía 15 años entonces, escuchó desde el comedor un intercambio de palabras entre sus padres, Clemira y Osvaldo. Habían pasado unos minutos de las tres de la tarde y discutían sobre la idea que él tenía para festejar su cumpleaños: hacer un asado e invitar a la familia. A medida que fueron pasando los minutos, la charla fue subiendo de tono.

-¡Mirá que a Miguel no lo quiero! –alzó la voz la mamá de Silvia.

-Ya me querés arruinar el cumpleaños… –le contestó su papá sonriendo.

Miguel era uno de los cuñados de Silvia, pareja de una de sus hermanastras, y al parecer Clemira no quería que formara parte del festejo. Hasta ahí se trataba de una discusión normal de pareja. Sin embargo, algo inquietó a Silvia y siguió muy atenta lo que pasaba entre sus padres.

Ese día Clemira había tomado de más -lo que no era habitual- y no estaba dispuesta a dejar ahí esa confrontación. Entonces, le empezó a recriminar a Osvaldo por qué se habían mudado a esa casa en Moreno. Su esposo, sin ganas de discutir, se levantó y se fue a la habitación a dormir la siesta.

De repente, como poseída, Clemira tomó el arma que Osvaldo había comprado por seguridad -ya que lo habían asaltado varias veces-, la colocó en un bolsillo de su pantalón y fue hacia el dormitorio. Lo que sucedió en ese momento le cambió la vida para siempre a las tres personas que habitaban esa casa.

Clemira, apenas salida de la cárcelClemira, apenas salida de la cárcel

“Escuché un tiro y a mi papá que le decía que parara, que no entendía lo que estaba haciendo. Cuando me acerqué hasta la puerta ella disparó una segunda vez y le pegó a mi papá en la cabeza. En un instante, lo vi en el piso lleno de sangre. Lo miré y grité: ´Papá, voy a buscar ayuda, te amo, voy a triunfar como siempre me decís. Te amo´. Agarré plata del bolsillo de su pantalón y salí corriendo a buscar ayuda”, recuerda Silvia a Infobae.

En el camino se encontró con una vecina, a quien le contó lo que había pasado en su casa mientras le rogaba que llamara a una ambulancia. Cuando regresó a su casa con sus hermanas, Silvia y Stella (las dos hijas de Clemira de un matrimonio anterior que había concluido en separación), ni su mamá ni su papá estaban. Fue la misma vecina quien le contó que a Osvaldo lo habían trasladado al hospital de Moreno y que estaba vivo. Sin embargo, falleció tras permanecer unas horas en Terapia Intensiva.

“Mi viejo era laburador, nos daba todo, era risueño, re buen tipo, de barrio. Amaba ir al club, me acompañaba a mis carreras de natación, me llevaba al pediatra, con él juntaba boletos y monedas”, se lamenta Silvia.

Osvaldo, el papá de Silvia, asesinado por su madreOsvaldo, el papá de Silvia, asesinado por su madre

Mientras tanto, su mamá estaba desaparecida y a los tres días de la tragedia ya estaba el pedido de Interpol solicitando su captura. Finalmente, fue encontrada en la calle, la detuvieron y trasladaron al penal de Mercedes.

Lo que siguió para Silvia fue un infierno. En medio de tanto dolor debió brindar ocho declaraciones como testigo, ya que su mamá había dicho que su esposo se había quitado la vida.

Con tan solo 15 años, Stella se fue a vivir con su hermana Stella y el novio de ella. “Mi hermana me cuidaba, quería que estudiara, no quería que ni siquiera saliera a la puerta, era inmensa la responsabilidad. No teníamos el mismo apellido y la tutela estaba en trámite, por lo que si me llegaba a agarrar la policía iba a ser complicado. Siempre la sentí como una mamá, una hermana, una amiga. Ella era mi ejemplo y, sin querer, también se había hecho cargo de mí”, rememora Silvia.

Pasaron los años. Silvia ya convivía con Leonardo, con quien se había puesto de novia a los 17. Una tarde, él regresó a su casa y la sorprendió con una noticia.

-No sabes quién me cayó en el local –le dijo Leonardo a Silvia.

-No tengo idea –le contestó.

-Tu vieja.

-¿Qué?

-Sí, me dijo que ya estaba en libertad por el 2 x 1 y el buen comportamiento. Y me dio esta carta y este perfume para vos.

Silvia, de pequeñaSilvia, de pequeña

En la carta, Clemira le decía a Silvia que la quería ver, que la quería, que la extrañaba y que necesitaba que la perdonara, entre otras cosas. Tras leer esas líneas, Silvia le dijo a su pareja que si su mamá pasaba nuevamente por el local que le diera la dirección de la casa para que fuera a verla.

Silvia recuerda que en el momento en que su mamá se encontraba presa, más de una vez pensó en ir a visitarla para preguntarle por qué había tomado esa drástica y fatal decisión. Sin embargo, cuando fue a la cárcel no se animó ni siquiera a mirarla a los ojos, sorprendida por la petición de que cambiara su declaración. Finalmente llegó el momento del reencuentro.

“Una tarde me tocaron el timbre y era ella. Abrí la puerta y la abracé, era todo muy raro. Ella lloraba y yo también. Una vez que entramos, charlamos y conoció a los nenes. Les decía que ella era la abuela ´Yaya´, como la llamaban los hijos de mi hermana mayor. Los nenes estaban chochos con la abuela, que les había llevado galletitas, chupetines y gaseosas. Mientras jugaban los chicos, nos contábamos cosas de la vida. Habían pasado casi 10 años, pero Clemira estuvo tras las rejas sólo 7.

-Perdoname Silvita –le dijo al oído cuando ya se iba y se estaban dando un abrazo.

-Ya está mami, ya pasó –le contestó, mientras ambas no podían contener el llanto.

Silvia con sus cuatro hijos. Prácticamente los crió sola. A su ex hace 15 años que no lo venSilvia con sus cuatro hijos. Prácticamente los crió sola. A su ex hace 15 años que no lo ven

Hoy, Silvia cuenta que desistió de pedirle explicaciones sobre los motivos que la habían llevado a matar a su papá. Y está convencida de que el tiempo fue un factor clave para poder sanar esa herida. “Fue poco a poco, comprender y aceptar que hay una línea delgada entre la racionalidad, la cordura y la locura. Mi mamá tuvo ese acto de locura, pero creo que no fue contra mi papá, sino contra la vida que ella había tenido. Se había venido sola desde Tucumán donde habían matado a su hermano, no hablaba de casi nadie de su familia. Todos tenemos historias no cerradas, duras y con el tiempo fui entendiendo esa coraza que era como su defensa”, expresa. Y agrega: “El proceso de perdonarla tuvo que ver con cada encuentro, cada mirada, creo que el amor fue más fuerte, era mi madre quien había tomado esa decisión tan trágica”.

Una vez que se reencontraron, Clemira comenzó a ir a la casa de Silvia todos los fines de semana con muestras de cariño hacia ella y sus nietos. “Les traía chupetines, les preparaba tortas, siempre ayudaba con algo, mirábamos pelis, le hacia las uñas de las manos, era lindo”.

Silvia reconoce que gracias a la terapia logró vincularse con su mamá para tener una linda relación, aunque no la que hubiera querido. “No era como todas las mamás, ella siempre fue de carácter fuerte. Era impulsiva, nunca aprendió a hablar, huía. Pero fui aceptando las cosas que no me gustaban”, confiesa.

Quizás Silvia necesitaba esa relación porque vivía su propio infierno. Cuenta que desde que se puso de novia con Leonardo él se mostraba celoso y le hacía problemas por cualquier cosa. Sin embargo, con el correr del tiempo esos celos se fueron transformando en maltrato verbal, gritos y tirones de pelo, hasta llegar a los golpes.

“Intenté dejarlo, pero me pedía perdón y yo accedía. Así seguimos, quedé embarazada, me junté y todo se complicó. Me golpeaba, me gritaba, me ninguneaba, me decía que era un parásito. Me violó varias veces y así tuvimos más hijos. Siempre había un perdón y el ciclo enfermizo se volvía a cumplir. Y no podía salir de ahí”. relata.

Silvia Corvalán logró perdonar a su madreSilvia Corvalán logró perdonar a su madre

De esa relación Silvia tuvo cuatro hijos: Joel (25), Lucas (23), Matías (20) y Leandro (18). “Ya habían pasado 11 años desde que estaba con Leonardo, pero a pesar de todo lo que sucedía, era muy difícil irme con los chicos sin tener trabajo ni un lugar para vivir”, dice. Hasta que tomó la decisión de dejarlo. No quería que sus hijos repitieran la misma historia.

Comenzó a trabajar con una productora de seguros que vivía a la vuelta de su casa y así pudo empezar a juntar dinero.

“Una noche me escapé con mis hijos y nos fuimos a una casa que había alquilado. Él no nos pasó jamás dinero. Al principio, traía un kilo de milanesas y una película y eso era todo. Después me puse firme porque encima me venía a violentar en mi casa. Y luego no vino nunca más. Ya van casi 17 años que me separé y hace 15 que no lo vemos”.

Volver a empezar

A Silvia no le quedó otra opción que arrancar casi de cero, pero con la enorme responsabilidad y la obligación de tener que criar ella sola a sus cuatro hijos.

A la par de trabajar vendiendo seguros, también se desempeñó en un local de ropa de una marca muy conocida, en el sector de ventas de una tarjeta de crédito y posteriormente creció en una prepaga, entre otros empleos.

Silvia estudió PNL (Programación Neurolingüística), Gestalt y se recibió de Consultora PsicológicaSilvia estudió PNL (Programación Neurolingüística), Gestalt y se recibió de Consultora Psicológica

“Los trabajos eran muy buenos, para mí era todo aprendizaje. Era crecer, me ascendían, tenía mucha actitud, jamás faltaba. Así también veía menos a mi hijos o no iba a las reuniones del colegio y, muchas veces, los hacía faltar a los actos para que no se pusieran mal de que yo no iba”.

Silvia llegó a ser jefa en una multinacional y en esa empresa conoció el Coaching Ontológico. En paralelo, se puso a estudiar PNL (Programación Neurolingüística), Gestalt y se recibió de Consultora Psicológica. Hoy trabaja como productora de seguros en una prepaga y también brinda talleres emocionales y de motivación en Fundación EIRA, una institución dedicada al tratamiento de adicciones. Es muy difícil decirle a quien está mal ´se puede, hacelo, vas a salir´. Solo los que pasamos por esas tormentas sabemos lo que se siente. Cada uno tiene su tiempo de maduración y de transformación, hasta que un día te cae la ficha y decidís avanzar. Y sacás fuerzas de no se sabe dónde. Y lográs salir”, cuenta.

Se emociona al hablar de sus hijos: “Estoy feliz con la familia que tengo, con mis cuatro hijos. Son y fueron mis inmensos pilares. Me siento muy orgullosa de quien soy, siempre me preguntaba por qué a mí me pasaba de todo. Por qué no era la niña con su familia normal, la novia normal. Todo lo que pasé me hizo una mujer más fuerte”. Pero más allá de sus logros personales, haber perdonado a su mamá le permitió tener cierta paz.

Silvia dando una charla en la Fundación Eira, donde se recupera adictosSilvia dando una charla en la Fundación Eira, donde se recupera adictos

Fueron pasando los años y también esas tardes placenteras en familia hasta que Clemira comenzó a perder la memoria. Al poco tiempo los médicos le diagnosticaron Alzheimer. En sus últimos días casi no reconocía a nadie. Sin embargo, una tarde que Silvia fue a verla, su madre supo con quién estaba hablando. “Charlamos de los nenes y les mandó un audio, nos sacamos una selfie y ella se reía. Me pedía que le llevara una torta y eso hice la siguiente vez que la visité. Fue mágico”.

El viernes 31 de marzo de 2019 su mamá falleció, pero como Silvia se encontraba de viaje en Villa Traful (Neuquén) una de sus hermanas recién le pudo avisar unos días después. En medio de las montañas lloraba porque no podía despedirla. Entonces, trató de enfocarse en la última vez que la había visto feliz. Y se sintió orgullosa con aquella decisión de haberla perdonado, aunque haya sido por matar a su padre.

Fuente: Infobae

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