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Con la democracia no…

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Esta semana, la presencia de efectivos armados de la Policía Bonaerense en la entrada de la Quinta presidencial de Olivos despertó el repudio de casi todo el arco político y social. A excepción del silencio de algunos pocos referentes, funcionarios oficialistas, opositores, dirigentes sindicales y líderes sociales se pronunciaron unánimemente en contra de la protesta policial en la puerta de la residencia donde vive el Presidente de la Nación, Alberto Fernández, e insistieron en la importancia de defender la institucionalidad democrática.
En este espacio muchas veces hemos criticado la poca estatura que evidencian muchos dirigentes políticos en sus acciones a la hora de asumir la responsabilidad de conducir, desde los oficialismos o las oposiciones, los destinos de la Nación. Así, ha quedado claro que demasiadas veces los intereses sectoriales mezquinos dejan de lado lo que debería ser el fin último de la política: el bien común. Ante ello, resulta lógico el hastío de una parte de la sociedad que observa y padece las habituales y casi siempre infructuosas peleas que se dan en el ring de la “grieta” partidaria argentina.
No obstante, y así ha quedado evidenciado en las expresiones y acciones de la inmensa mayoría de los actores de la vida pública nacional, la institucionalidad y el sistema democrático son indubitables. O eso creemos y queremos.
Cuando, días atrás, el ex presidente Eduardo Duhalde deslizó la posibilidad de un golpe de Estado en el país, muchos endilgaron esa expresión a un estado especial en el ánimo y la psiquis del dirigente. Las imágenes de esta semana, con fuerzas de seguridad copando, amenzantes, el ingreso a la residencia del Presidente de la Nación hacen que las palabras de Duhalde ya no sean tan psicóticas como parecían originalmente. Lo que se presentó como un justo reclamo salarial de los policías viró hacia un preocupante mensaje cuasi sedicioso.
El sistema político argentino, sus protagonistas y sus decisiones merecen ser analizados y, eventualmente, criticados. Pero pensar aunque sea por un minuto en abandonar la democracia o irrespetar sus instituciones es estar muy cerca de cometer una equivocación irreparable.

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