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Cuando el mercado pretende jubilar a la historia

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La reciente caída de granizo sobre los oasis productivos del sur mendocino no solo dejó tras de sí el rastro amargo de la pérdida material, sino que reactivó un debate que parece herir el núcleo mismo de nuestra identidad. Desde la cartera de Producción, liderada por Rodolfo Vargas Arizu, ha vuelto a surgir con fuerza la consigna de la «reconversión», un eufemismo técnico que, bajo la promesa de la rentabilidad, esconde una sentencia de muerte para los cultivos que definieron el ADN de Mendoza durante más de un siglo.

Históricamente, Mendoza no se pensó a sí misma como un tablero de inversiones volátiles, sino como una cultura del trabajo forjada en el desierto. El durazno, la ciruela y la vid no son meras mercancías; son el resultado de un pacto social entre el hombre, el agua y la tierra. Esa identidad productiva es la que permitió el desarrollo de distritos enteros en San Rafael, donde el minifundio y el esfuerzo familiar levantaron pueblos y escuelas. Proponer hoy que el productor debe abandonar lo que sabe hacer para volcarse a nuevas tendencias del mercado internacional suena menos a una estrategia de Estado y más a una claudicación.

La postura de Vargas Arizu representa una visión tecnocrática que choca de frente con la realidad del pequeño productor. Mientras el ministro alienta a cambiar de cultivo como quien cambia de vestimenta, se ignora que la reconversión requiere de un capital y una tecnología que el agricultor castigado por el granizo hoy no posee. Lo que se presenta como una «modernización necesaria» es, en la práctica, un proceso de concentración que desplaza al eslabón más débil de la cadena, favoreciendo una agricultura sin agricultores, donde solo aquel con espalda financiera puede sobrevivir a los tiempos de la naturaleza.

El argumento oficial sostiene que ciertos cultivos ya no son competitivos frente a la demanda global. Sin embargo, una política agroindustrial soberana debería centrarse en proteger esa matriz diversificada, dotándola de herramientas de defensa activa —como la lucha antigranizo que hoy se encuentra bajo cuestionamiento— en lugar de sugerir la retirada. Transformar el sur mendocino en un territorio de monocultivos o productos de nicho es renunciar a la soberanía alimentaria y al equilibrio social que otorga la pequeña propiedad.

En San Rafael, el impacto de estas decisiones se siente con una gravedad particular. Aquí, el paisaje agrícola es también nuestro paisaje humano. Si permitimos que la lógica del balance financiero sustituya a la política de fomento, estaremos asistiendo no solo a un cambio de cultivos, sino a un cambio de paradigma donde la identidad histórica de la provincia será sacrificada en el altar de la eficiencia fría. 

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