Las declaraciones de Mario Grinman, presidente de la Cámara Argentina de Comercio (CAC), han dejado al desnudo la cruda filosofía que sostiene el actual proceso económico. Al afirmar que el «quedar en el camino» de muchos comerciantes es el costo necesario para alcanzar una «Argentina normal», Grinman no solo abdica de su rol como representante del sector, sino que convalida un darwinismo empresarial que tiene en en el país y en San Rafael un escenario de consecuencias devastadoras.
La crisis del comercio local no es un fenómeno abstracto ni una estadística de planilla. Se traduce en la realidad cotidiana de los comercios locales, donde el cierre de una persiana representa mucho más que el fin de una actividad económica: es la caída de un proyecto de vida y la pérdida de fuentes de trabajo que difícilmente se recuperen.
El comercio minorista, motor histórico de nuestra economía departamental, hoy se encuentra asfixiado por un combo letal: la caída estrepitosa del consumo, el aumento incesante de los costos fijos y una política nacional que prioriza la estabilidad de las variables financieras por sobre la viabilidad de quienes abren sus puertas cada mañana.
La «normalidad» que describe Grinman es, en términos prácticos, una normalidad del descarte. Resulta paradójico —y profundamente crítico— que la máxima autoridad del sector comercial acepte con resignación que sus propios representados sean el material descartable de una transformación económica. No existe bienestar genuino en una sociedad donde el éxito de un plan fiscal se mide por la cantidad de emprendimientos que naufragan.
El peligro de este discurso radica en su naturalización. Aceptar que el «progreso» requiere dejar gente al costado del camino es una claudicación moral que vacía de contenido el concepto de desarrollo. Si la única perspectiva que se ofrece al comerciante sanrafaelino es la posibilidad de ser quien «quede en el camino», se está destruyendo no solo la economía, sino la esperanza de una comunidad que siempre se percibió a sí misma a través del trabajo y el intercambio. Una Argentina «normal» no puede ser aquella donde la banquina esté más poblada que la propia ruta.



