El rumbo económico de la República Argentina transita por un profundo proceso de reconfiguración estructural que plantea debates complejos entre la microeconomía sectorial y los equilibrios agregados. La reciente oficialización de medidas tendientes a desgravar las exportaciones industriales coincide con un escenario de debilidad en la recaudación fiscal y marcadas asimetrías en el entramado productivo interno. Mientras algunos sectores fabriles y economías regionales alertan sobre el impacto recesivo y los riesgos para el empleo que genera la flexibilización de las importaciones, los análisis de matriz agregada defienden la iniciativa como una estrategia indispensable para elevar la competitividad sistémica, modificar los patrones de consumo y recomponer, por vía indirecta, el poder adquisitivo real de la población.
Federico Vacalebre, destacado economista, analizó la contraposición de plazos en el programa oficial, el cambio de paradigma en el consumo y la tensión inherente entre la eficiencia productiva y la reconversión laboral.
La apuesta al mediano plazo: reducción impositiva frente a la debilidad fiscal
El diseño de la política económica actual plantea una aparente contradicción en el corto plazo: resignar ingresos tributarios a través de desgravaciones en un contexto de caída real de la recaudación del Estado. «La lectura de que nos encontramos ante variables contrapuestas es técnicamente correcta, pero responde a que estamos observando una apuesta estratégica de mediano y largo plazo, algo a lo que no estamos acostumbrados a ver en materia de gestión pública. En el corto plazo, efectivamente, la medida puede leerse como contraproducente porque introduce matices complejos en el cuadro general. Concretamente, a través de un decreto se eliminaron las retenciones a las exportaciones de productos industriales mediante tres esquemas diferenciados que van desde una exención inmediata hasta un cronograma de reducción gradual que se completará en junio de 2027. Lo que se busca de fondo es mejorar de manera definitiva la competitividad de un sector que viene sufriendo el impacto de la apertura por un lado y un tipo de cambio apreciado por el otro», explicó Federico Vacalebre a FM Vos 94.5.
«Es llamativo y genera lógica preocupación que este alivio impositivo llegue en un momento donde los ingresos del Estado atraviesan una fase de debilidad y donde la recaudación empieza a mostrar fisuras, conjuntamente con una actividad interna que es sumamente heterogénea, con sectores ganadores y perdedores. Lo interesante de esta contraposición es que el objetivo final es consolidar una industria más competitiva y menos gravada con el tiempo», destacó.
«Al ampliar la base productiva el día de mañana, el sistema podrá compensar vía crecimiento genuino la recaudación que hoy está resignando. El esquema impositivo histórico de la Argentina funcionaba a la inversa: terminaba castigando la exportación y abortando el crecimiento antes de que se generara. La meta es migrar hacia un esquema de mayor apertura donde la base imponible se agrande por volumen de actividad», indicó.

La paradoja del consumo y la reconfiguración de la matriz comercial
Dentro de este contexto, el debate sobre el nivel de actividad interna se cruza con una transformación estructural en los canales de comercialización y la procedencia de los bienes terminados. «Frecuentemente se cae en la falacia de afirmar que el consumo interno está deprimido, cuando en determinados rubros específicos se observan picos importantes. Lo que ocurrió es que el consumo cambió radicalmente su composición en función de las nuevas reglas del programa económico. Veníamos de una economía hipercerrada donde la totalidad de lo que se demandaba se abastecía obligatoriamente mediante producción local. Hoy tenés un consumo elevado pero que se encuentra dividido entre la matriz interna y la externa, traccionado por una fuerte penetración de productos importados en sectores muy claros como el textil o el de bienes de uso cotidiano», comentó Vacalebre.
«La economía debe ser analizada siempre en términos agregados. Sostener que un país tiene que producir absolutamente todo lo que consume es una falacia teórica y práctica, inaplicable para la Argentina o para cualquier otra nación del mundo. Todo Estado moderno necesita una economía abierta porque resulta imposible ser eficiente y competitivo en la producción de la totalidad de los bienes y servicios existentes. Esta apertura genera de forma inevitable fricciones y heterogeneidad, forzando a que determinados sectores deban reconvertirse. Una economía abierta es intrínsecamente más virtuosa que una cerrada porque el beneficio final recae directamente sobre el eslabón mayoritario del país: el consumidor de a pie, que accede a bienes de mayor calidad y mejor precio», consideró.
Ganadores, perdedores y la mejora indirecta del salario real en términos agregados
Por otra parte, no hay que dejar de lado que la flexibilización arancelaria genera tensiones visibles en las economías regionales y plantas fabriles locales, abriendo un complejo interrogante sobre los costos de la eficiencia productiva. «Es innegable que cuando un producto importado ingresa a un valor menor que el costo de fabricación local se genera un proceso doloroso que se traduce en recesión sectorial y destrucción de puestos de trabajo en esa estructura particular. Es un equilibrio sumamente difícil. Sin embargo, en el análisis agregado la pregunta obligatoria es: ¿a cuánta gente le vendía esa empresa que hoy no puede competir y cuántos millones de consumidores se benefician ahora al acceder a un producto de mayor calidad y menor costo? Un ejemplo histórico claro ocurrió con el fomento tecnológico en Tierra del Fuego: para sostener un esquema de ensamblado local con componentes importados, se obligaba a 40 millones de argentinos a comprar tecnología obsoleta y a precios sustancialmente más elevados que los internacionales», declaró el economista al respecto.
«En términos macroeconómicos, la competitividad y la eficiencia deben primar si el objetivo es integrar al país al concierto internacional. En la transición, aquellas empresas y trabajadores afectados deberán recibir los incentivos para reconvertirse hacia actividades donde el país posea ventajas reales. La apertura comercial es, además, la herramienta más potente y directa que tiene el trabajador promedio para mejorar sus ingresos reales», agregó.
«Cuando la desregulación permite que un ciudadano adquiera un bien a una fracción de lo que costaba antes, se está incrementando de forma automática su poder adquisitivo y su capacidad de compra sin necesidad de emitir moneda. Esa es la otra parte de la historia que se suele omitir y que resulta fundamental para estabilizar el valor de los salarios», completó.


