Entre el jueves y el sábado, San Rafael volvió a enfrentarse a una dolorosa realidad que se repite con demasiada frecuencia. Dos jóvenes, de apenas 17 y 18 años, perdieron la vida en distintos siniestros viales protagonizados por motocicletas. A esos episodios se sumó un grave accidente ocurrido en Real del Padre, donde dos motos colisionaron y uno de los conductores resultó con heridas de extrema gravedad.

Los hechos ocurrieron en distintos puntos del departamento. Benjamín Guajardo (18) falleció tras un accidente en la intersección de Las Vírgenes y El Chañaral. Horas más tarde, Aaron Iván Páez Mulena, de 17 años, murió luego de un siniestro registrado en Cabildo y Carlos Washington Lencinas. En tanto, en Real del Padre, el choque entre dos motocicletas dejó como saldo a un joven gravemente herido, profundizando una preocupación que desde hace tiempo atraviesa a San Rafael: la siniestralidad vial vinculada a este tipo de vehículos.
Las investigaciones determinarán las responsabilidades particulares en cada caso, pero el denominador común vuelve a ser el mismo. Las motos aparecen, una y otra vez, como protagonistas de los accidentes más graves que ocurren en el departamento. Y detrás de esa realidad hay una problemática mucho más profunda que excede un hecho puntual.

La motocicleta se transformó en un medio de transporte indispensable para miles de sanrafaelinos. Por su costo y practicidad, representa una alternativa accesible para trabajar, estudiar o movilizarse diariamente. Sin embargo, esa masificación también expuso una cara preocupante: la falta de respeto por las normas de tránsito por parte de muchos conductores, la circulación a velocidades incompatibles con el entorno urbano, las maniobras imprudentes, el uso inadecuado —o directamente la ausencia— del casco y, en algunos casos, vehículos que circulan sin las condiciones mínimas de seguridad.
Pero reducir el problema exclusivamente a los motociclistas sería simplificar una realidad mucho más compleja. La inseguridad vial también involucra a automovilistas que no respetan prioridades de paso, exceden los límites de velocidad, utilizan el teléfono celular mientras conducen o manejan bajo los efectos del alcohol. La consecuencia es un tránsito cada vez más agresivo, donde muchas veces prevalece la impaciencia por sobre la prudencia.
San Rafael viene acumulando desde hace años cifras preocupantes en materia de siniestros viales. Cada tragedia reabre el debate sobre la necesidad de reforzar controles, mejorar la infraestructura y profundizar la educación vial. Sin embargo, el verdadero desafío parece estar en modificar una cultura de conducción donde todavía son demasiados quienes subestiman el riesgo y actúan como si las normas fueran optativas.
Detrás de cada víctima fatal hay familias devastadas y proyectos de vida que quedan truncos. Pero también existe una sociedad que, tras cada tragedia, vuelve a preguntarse qué más debe ocurrir para cambiar hábitos que ya demostraron tener consecuencias irreversibles.
Las dos muertes registradas entre el jueves y el sábado, junto con el grave accidente de Real del Padre, no deberían leerse únicamente como hechos policiales. Constituyen una nueva señal de alerta sobre un problema estructural que atraviesa a San Rafael y que exige compromiso de todos: del Estado, mediante controles y prevención, pero también de cada conductor, entendiendo que respetar una velocidad, utilizar correctamente un casco o ceder un paso no es simplemente cumplir una norma, sino asumir que detrás de cada decisión al volante o al manubrio hay una vida que puede depender de ella.



