Un nuevo informe de la CAME reveló una preocupante situación en el sector agroalimentario argentino. Durante el mes de diciembre, los precios de los alimentos se multiplicaron por 3,9 veces desde que salen del campo hasta que llegan a las góndolas de los supermercados. Esto significa que por cada peso que recibe el productor, el consumidor final abona casi cuatro.
Según el Índice de Precios en Origen y Destino (IPOD), la participación promedio del productor en el precio final de venta se redujo al 21%, lo que representa una caída del 11,4% respecto al mes anterior. Esta tendencia indica una creciente concentración de la ganancia en los eslabones intermedios de la cadena de producción y comercialización.
Esta disparidad de precios impacta de manera directa tanto en los productores como en los consumidores. Los primeros ven reducida su rentabilidad, especialmente aquellos que producen frutas y hortalizas, como la zanahoria, que registró una de las mayores diferencias entre el precio de origen y de destino. Por su parte, los consumidores enfrentan un aumento significativo en el costo de la canasta básica, lo que erosiona su poder adquisitivo.
En diálogo con FM Vos 94.5, Jorge Pazos, representante de Economías Regionales de CAME, advirtió que el sector atraviesa un momento complejo, caracterizado por un bajo consumo y altos costos de producción. «La Confederación Argentina de la Mediana Empresa elabora este índice desde hace 6 años. El Índice de Precios en Origen y Destino (IPOD) frutihortícola está conformado por los precios de 19 frutas y hortalizas, mientras que el IPOD ganadero, compuesto por 5 productos y subproductos ganaderos. De ese total de productos se saca un promedio, en diciembre del 2024, el consumidor pagó $3,9 por cada $1 que recibió el productor», explicó Jorge Pazos al principio de la nota.
«Esta variabilidad evidencia la complejidad de la cadena de valor agroalimentaria y la necesidad de analizar cada producto de manera individual. Algunas de las variables a ajustar son la logística y la distorsión que existe en materia impositiva, sobre todo en lo que refiere a la alícuota de los ingresos brutos. Todas estas cuestiones encarecen al producto, aunque también algunos pueden aumentar de precio por un tema de estacionalidad (en este caso exceso de calor o lluvia). Si la oferta disminuye los precios suben, si hay un exceso de la misma, los valores bajan drásticamente. Estas son las reglas del juego, y en todos los casos el que siempre pierde más es el productor. Los productores no son formadores de precios», aclaró.
En ese mismo sentido, comentó que la brecha que existe entre lo que paga el consumidor y lo que recibe el productor es un problema de antaño. «Este problema está desde siempre. De hecho, comenzamos a realizar estos informes para visibilizar que los márgenes de ganancia que se tienen de la tranquera hacia dentro son exiguos. Esto hace que el productor vaya perdiendo su vocación, por lo que muchos abandonan la actividad. Las economías regionales atraviesan un momento complejo, caracterizado por un bajo consumo y altos costos de producción», alertó.
«Particularmente, en diciembre el mercado estuvo muy lento. Las ventas no estuvieron acompañando al productor durante un mes clave por las fiestas de fin de año. Por ejemplo, un producto de excelencia para esas fechas, como lo es el melón, no tuvo tanta salida. Así es como las economías regionales pierden su capacidad de reinversión. Se trata de una actividad esencial, porque genera trabajo en los distintos pueblos del interior. Necesitamos que haya igual de condiciones para poder competir con la apertura de las importaciones», remarcó Pazos al cierre del reportaje.



