Las expectativas son las conjeturas que hacemos las personas respecto a lo que puede ocurrir en el futuro más o menos inmediato. Por ejemplo, podemos considerar que «este año las cosas estarán o no mejores», o que «podremos o no concretar tal o cual proyecto». Claramente, estas expectativas no tienen, en general, apoyo en información estadística sino más bien en «corazonadas» o nuestra experiencia previa.
En este sentido, los empresarios, que por lo general arriesgan cifras más elevadas que los consumidores individuales cuando van a realizar una inversión muy probablemente sean más cautos que aquellos, a la vez que -a diferencia de los consumidores- no necesariamente están «obligados» a efectuar desembolsos. Así, la inversión es más volátil que el consumo.
Justamente, esta «volatilidad» de la inversión es la que explica -al menos en gran medida- los ciclos económicos. Cuando «las expectativas» son confusas o directamente negativas, especialmente para los empresarios, la inversión decae y su disminución implica también una menor capacidad en todo sentido de producción.
La designación de Sergio Massa como una especie de “superministro” que intentará mejorar el rumbo de la economía nacional evidenció una recepción favorable, ya que algunas variables que habitualmente se presentan negativas (precio del dólar, riesgo país, etc.) mostraron un cambio favorable. Es claro que, más allá de las decisiones gubernamentales correctas en diferentes áreas de política económica que puedan contribuir a bajar la inflación y/o elevar la producción y el empleo, una medida por demás eficaz y “barata” es crear “expectativas favorables”. Claro, esas expectativas también son muy fácilmente abandonadas si quienes están mandados a concretarlas no muestran que la realidad es conteste con lo imaginado.
Todos esperamos que la economía nacional mejore y quien logre ese objetivo será, seguramente, muy reconocido por el resto de la sociedad. Caso contrario, una nueva decepción aparecerá y, con ella, la crisis se profundizará.



