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El desacople entre los números de la Inflación y la percepción ciudadana

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La publicación de los nuevos índices de inflación por el INDEC (2,3% nacional) y la DEIE (2,4% en Mendoza) para el mes de octubre, mientras busca generar una señal de estabilidad, choca de frente con la percepción diaria de la ciudadanía. La pregunta que flota en cada mesa familiar es inevitable: ¿Por qué la cifra oficial no refleja el aumento real que siento en mi bolsillo?

El problema no reside en la falsedad de los datos, sino en la diferencia estructural entre lo que miden las estadísticas y lo que consume la inmensa mayoría de los hogares argentinos y mendocinos.

El Índice de Precios al Consumidor (IPC) mide la variación promedio de una canasta de bienes y servicios estandarizada. La clave de la desconexión es doble. Las familias de ingresos medios y bajos destinan la mayor parte de su presupuesto a rubros que, sistemáticamente, crecen por encima del promedio. Los datos de octubre confirman este fenómeno en Mendoza: mientras el IPC general fue del 2,4%, el rubro Vivienda y servicios básicos se disparó al 3,4% y Alimentos y bebidas subió al 2,6%. Para una familia que alquila y usa el transporte público, la inflación personal no es del 2,4%, sino del promedio ponderado de esos ítems críticos, lo que eleva drásticamente su costo de vida. El IPC promedia todos los rubros, incluyendo aquellos que se mantuvieron muy estables. Un ciudadano solo percibe el aumento del pan, el servicio o la nafta, porque son gastos inelásticos y recurrentes.

Otro factor fundamental es el efecto de arrastre y la recomposición de precios. La inflación acumulada ha sido tan alta durante años que la mente del consumidor no trabaja con una base de precios estables, sino con una base de precios psicológicamente alterada. Cuando un precio se retrotrae o sube «solo» 2%, el ciudadano lo siente como un aumento mayor porque compara el precio actual no solo con el mes pasado, sino con el precio de hace seis meses o, peor aún, con el recuerdo de un precio «justo» de un pasado lejano. Este trauma inflacionario hace que cada aumento sea interpretado -y con razón- como una nueva agresión al poder adquisitivo, anulando la credibilidad en cifras de un dígito bajo.

La única forma de que la cifra oficial y la percepción se alineen será cuando los costos estructurales que definen la calidad de vida dejen de ser los motores constantes del aumento de precios.

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