La Fiesta Nacional de la Vendimia ha funcionado históricamente como un gran termómetro de la política argentina. En el tradicional desayuno de la Coviar, en tanto, se han sellado alianzas, se han quebrado lealtades y se han gestado candidaturas. Sin embargo, lo ocurrido el sábado en el Hyatt no solo dejó un mensaje económico, sino también una señal institucional inquietante: el ostensible vacío político hacia la figura de la vicepresidenta Victoria Villarruel. En un evento donde el protocolo es una herramienta de precisión quirúrgica, las omisiones suelen ser más elocuentes que los propios discursos.
En su alocución, el gobernador Cornejo trazó su hoja de ruta. En un discurso, cargado de alineamiento con el «modelo de eficiencia» nacional, el mandatario provincial evitó otorgarle a la presidenta del Senado el protagonismo que su investidura reclama. Cornejo habló para la Casa Rosada, pero pareció dirigirse exclusivamente al despacho presidencial, ignorando la presencia de quien, sentada a escasos metros, representa la otra mitad de la fórmula ejecutiva. Este «ninguneo» no es un error de agenda, sino la escenificación de una interna que ha dejado de ser un rumor de pasillo en Buenos Aires para exhibirse con crudeza en el interior del país.
La COVIAR no es una entidad ajena a las tensiones del poder; es un actor político con una agenda propia y ambiciosa que depende directamente de la firma presidencial. En un contexto donde el gobierno de los Milei ha impuesto una lógica de «conmigo o contra mí», la cúpula vitivinícola parece haber entendido que cualquier gesto de excesiva cercanía con una vicepresidenta que camina por el margen de la confianza del Ejecutivo podría resultar costoso. Para la corporación, el respeto protocolar a la investidura de Villarruel pesó mucho menos que la necesidad de mantener sintonía fina con el centro neurálgico del ajuste fiscal.
El silencio sobre la vicepresidenta en las alocuciones oficiales y el desplazamiento simbólico en la mesa principal reflejan una crisis de interlocución que afecta directamente a las provincias. Cuando los canales de diálogo están obstruidos, el federalismo se resiente, pues las políticas quedan supeditadas a los vaivenes de una guerra de poder que prioriza la interna por sobre la gestión institucional.




