La política, a menudo, se explica mejor a través de las biografías mínimas que de los grandes índices macroeconómicos. El caso de Sofía, la empresaria textil que hoy recorre los medios nacionales contando cómo pasó de fabricar los mamelucos de YPF a manejar un Uber para no caer en la indigencia, es un mosaico brutal de la Argentina actual. Pero detrás de su nombre, y de la visibilidad que le dio aquel documental del canal Gelatina, subyace una pregunta que el poder intenta esquivar con posteos de redes sociales: ¿Cuántos, realmente, a lo largo y ancho del país, están empezando a desandar el camino de su propia esperanza? «El día que cerré el taller no pude parar de llorar», comentó al borde de un nuevo llanto.
No es una pregunta retórica. Es una duda que hoy se palpa en las colas de los supermercados, en las paradas de colectivos y en las persianas bajas de las zonas industriales y comerciales de nuestro San Rafael. El voto que llevó a Milei a la Casa Rosada no fue solo un cheque en blanco ideológico; fue, ante todo, un mandato de hartazgo frente a una casta que había fracasado y -también es justo decirlo- de antiperonismo. Sin embargo, cuando el «ajuste» deja de ser una abstracción televisiva y se convierte en el volante de un auto de alquiler para una empresaria que tenía empleados a su cargo, el contrato social empieza a mostrar fisuras.
¿Cuántas «Sofías» hay en este momento en el interior productivo, en nuestro San Rafael, mirando sus máquinas paradas o sus locales vacíos y preguntándose si el sacrificio que les pidieron tiene un final a la vista? La paradoja es fenomenal: la misma mujer que cosió el disfraz de operario con el que el presidente sedujo al electorado, es hoy una víctima del industricidio ejecutado por ese mismo proyecto. «Confié y me jodí», resume ella con una honestidad que debería hacer temblar los despachos oficiales. Es el reconocimiento de una estafa emocional que trasciende lo económico.
El arrepentimiento es un proceso lento, a veces silencioso, pero devastador cuando llega a las urnas. El Gobierno celebra un equilibrio fiscal de dudosa verosimilitud, pero la realidad nacional es un cuerpo vivo que no resiste indefinidamente la falta de oxígeno.
Gobernar es elegir quién paga el costo de las crisis. Si el modelo termina devorándose a sus propios artífices, a quienes le pusieron el hombro y hasta la indumentaria al inicio del camino, la pregunta por el arrepentimiento deja de ser una especulación de consultoría para convertirse en una realidad palpable.





