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El Sur también existe, por Federico Zamarbide

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Por Federico Zamarbide | Master en Gestión y Planificación de Ciudades | FADU-UBA

San Rafael está perdiendo lugar en Mendoza. No es una sensación ni una nostalgia por tiempos pasados: es una realidad que se percibe en la radicación de las inversiones, en obras que no llegan, y en una provincia cada vez más concentrada alrededor de su capital. El problema tiene nombre: centralismo provincial.

No se trata de estar en contra del Gran Mendoza ni de negar sus necesidades. Se trata de advertir que Mendoza no puede seguir funcionando como si el área metropolitana fuera toda la provincia y el resto de los departamentos, simples territorios periféricos. Cada vez que se concentran recursos, infraestructura, población y oportunidades en el Norte, el Sur pierde capacidad de crecer, de generar empleo y de decidir su propio futuro. San Rafael no pide privilegios. Pide que no le quiten oportunidades de Desarrollo.

El Paso Las Leñas expresa con claridad esta postergación. Es una obra estratégica para el país, para la integración con Chile y para una salida más eficiente hacia el Pacífico. Puede generar actividad logística, comercio, turismo, servicios y desarrollo para toda la región. Sin embargo, hace décadas que el proyecto aparece en discursos, reuniones y fotografías, pero no avanza con la velocidad ni con la decisión política que exige una obra de esta magnitud.

Cada vez que el Paso Cristo Redentor se cierra por días, el comercio entre Argentina y Chile vuelve a quedar condicionado por la dependencia de un único corredor. Allí se hace evidente la necesidad de alternativas reales de integración. Paso Las Leñas no puede seguir siendo una promesa que se desempolva para los anuncios y se guarda cuando llega la hora del presupuesto.

Pero Las Leñas no es el único ejemplo de obra olvidada. El Baqueano y el Cañón del Diamante (que se iban a financiar con fondos del resarcimiento) son otra muestra palpable de lo que San Rafael perdió.

La obra del Baqueano-Cañón del Diamante implicaba aumentar la capacidad de embalse del Río Diamante (con el consecuente beneficio para el agro sanrafaelino), además de una nueva central hidroeléctrica. Creaba empleo directo durante su construcción, movimiento para empresas locales, contratistas, proveedores, comercios y trabajadores.

Pero, sobre todo, era una oportunidad de desarrollo turístico de largo plazo. San Rafael ya cuenta con uno de los grandes atractivos de Mendoza: el Cañón del Atuel. La concreción de El Baqueano y el desarrollo del Cañón del Diamante podían completar una propuesta turística única: San Rafael, el destino de los dos cañones.

Federico Zamarbide

No se trataba de vender una postal más. Se trataba de crear un nuevo circuito, ampliar la estadía promedio de los visitantes, abrir oportunidades para prestadores turísticos y fortalecer a distritos que podían integrarse a ese Desarrollo. Era una forma concreta de diversificar nuestra oferta, de repartir actividad económica fuera del centro urbano y de posicionar a San Rafael con una identidad turística todavía más potente.

En cambio, lo que quedó fue otra oportunidad suspendida. Una obra estratégica que podía generar empleo hoy y desarrollo durante décadas fue reemplazada por una discusión de expedientes, anuncios y redistribución de recursos. Y cuando una oportunidad del Sur se posterga o se diluye, esos recursos no quedan esperando: terminan encontrando destino en otros lugares, por ejemplo, las obras del Acceso Este al Gran Mendoza.

La Ruta 143 es necesaria; nadie podría cuestionar que se la repare. Pero no alcanza con hacer lo indispensable y presentarlo como si resolviera décadas de postergación. Una ruta reparada es una buena noticia. La pérdida de una obra energética, productiva y turística de escala regional es otra cosa.

Ese es el punto de fondo: el Sur no puede conformarse con recibir obras que compensen deterioros acumulados mientras los grandes proyectos y los recursos de mayor impacto continúan gravitando alrededor del área metropolitana.

San Rafael necesita recuperar una agenda de desarrollo propia, sostenida y defendida. Una agenda que no se limite a mantener lo que ya existe, sino que se anime a crear lo que todavía falta: conectividad internacional, infraestructura hídrica, nuevos productos turísticos, fortalecimiento de la marca vitivinícola y la agroindustria, inversión en los distritos que generen empleo privado de calidad.

Bienvenido el desarrollo minero, pero San Rafael no puede quedar reducido a una cantera de la que se extraen recursos. Tampoco somos sólo un paisaje para promocionar desde lejos: somos un destino turístico con marca propia. Somos una comunidad con historia, producción, identidad y vocación de futuro. 

El desafío no es enfrentar a San Rafael con Mendoza. Es terminar con una lógica centralista que debilita al interior y empobrece a la propia provincia. El Sur también existe, y el Corazón de Mendoza tiene que volver a latir.

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