Existe una distancia abismal, casi obscena, entre el lenguaje de la planilla Excel que se maneja en muchos despachos oficiales y la realidad que se respira en el barro de las periferias. En las últimas horas, el ministro de Economía de la Nación, Luis Caputo, ensayó una justificación insólita para defender el rumbo de su gestión: afirmó sin tapujos que el consumo está subiendo, pero que «no se ve porque mucha gente compra por Mercado Libre».
La declaración es, a la vez que un exabrupto técnico, la confirmación de que la conducción económica del país habita en un mundo paralelo, una suerte de burbuja donde las necesidades básicas se resuelven con un clic y un envío a domicilio, mientras la realidad cotidiana se encarga de demoler ese relato de ficción a fuerza de datos duros. Es el mismo microruniverso donde se asegura que la inflación está domada y a la baja, a pesar de que cualquier vecino que deba renovar un contrato de alquiler se encuentra con sumas impagables, y de que el precio del boleto de colectivo en Mendoza sufra un aumento cercano al 60% en los últimos nueve meses, entre otros aumentos que asfixian el bolsillo de los trabajadores.
El contraste roza la perversidad. Mientras Caputo -que, recordemos, también admitió que no compra en Argentina- busca el consumo oculto en las plataformas de comercio electrónico, los centros de venta de alimentos locales y los comercios tradicionales de cercanía muestran góndolas intactas y pasillos cada día más desiertos. La gente no dejó de comprar en el almacén del barrio para volcarse masivamente a la tecnología; dejó de comprar porque el dinero ya no alcanza para completar el changuito.
El termómetro más doloroso y real de este crudo invierno se encuentra en las puertas de los comedores y merenderos de San Rafael. Tal como lo evidencian sus responsables en declaraciones a Diario San Rafael, allí la demanda de asistencia alimentaria no para de crecer. No son estadísticas abstractas: son familias enteras, jubilados y trabajadores informales que se acercan con el tuper en la mano buscando un plato de comida caliente porque el salario —cuando lo hay— fue devorado por las tarifas y los precios de la canasta básica. Para esos miles de sanrafaelinos, Mercado Libre no es una opción de consumo; es una realidad ajena, un paisaje lejano de un país para pocos.
Pretender tapar el sol con la pantalla de un teléfono celular es una muestra de insensibilidad y de una preocupante desconexión con el tejido social profundo. Mientras los responsables de las políticas económicas públicas sigan diagnosticando los problemas del interior del país desde esa particular colina, confundiendo la reactivación económica con el flujo de transacciones virtuales de los sectores concentrados, el laberinto de la exclusión seguirá ensanchándose.


