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“Es la economía, estúpido”. ¿Es solo la economía?

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En 1992, durante la campaña presidencial estadounidense, James Carville -estratega que llevó a Bill Clinton a derrotar a George Bush-  inmortalizó una máxima que se convertiría en el mandamiento supremo de la consultoría política: «Es la economía, estúpido». La frase recordaba una verdad aparentemente elemental: ningún relato político puede sostener el respaldo popular cuando el bolsillo no resiste el embate del día a día.

Sin embargo, en esta Argentina impredecible, dar por sentado que la economía tendrá la última palabra a la hora de elegir a nuestros dirigentes puede ser un exceso de confiabilidad analítica. Nada garantiza que el pragmatismo material se imponga; no podemos descartar la hipótesis de un «milagro autoagresivo», donde amplias franjas de la población elijan validar en las urnas un modelo que las posterga de manera evidente hace casi tres años.

La duda se vuelve imperiosa al analizar los datos que surgen del mapa social. El reciente informe de la consultora Demokratía en Mendoza arrojó números categóricos: un 81% de los encuestados califica la situación económica como «mala» o «muy mala», mientras que un 66% afirma que se le ha agotado la paciencia respecto al programa del Gobierno nacional.

En diálogo con nuestro medio, el politólogo Nicolás González Perejamo, director de la firma, sintetizó este quiebre de expectativas: «En un país con histórica capacidad para renovar la esperanza, el esfuerzo realizado sin resultados palpables ha provocado un agotamiento circunstancial del optimismo». La trastienda de los hogares no muestra solvencia, sino una precarización lacerante: pluriempleo, endeudamiento para comprar comida y una pérdida progresiva de la calidad de vida.

Ante semejante panorama, el interrogante que se proyecta de cara a 2027 es si el libertarismo logrará la proeza de sostener el poder apoyándose en los mismos sectores castigados por sus decisiones. Hablamos de un ciclo signado por la extranjerización de la tierra, la alineación geopolítica subordinada a los intereses de Estados Unidos e Israel, un estilo caracterizado por el odio sistemático hacia el disenso y una insensibilidad inédita en un Gabinete con récord de renuncias y expulsiones.

¿Cómo podría explicarse la continuidad de semejante esquema? Imposible soslayar el factor cultural y sociológico que vertebra a buena parte del electorado: un antiperonismo visceral que sobrevive con una pertinacia llamativa. Para ese núcleo, construido incluso en franjas pobres de la sociedad (allí la “batalla cultural” hizo muy bien lo suyo), la necesidad de obturar cualquier regreso del pasado o de castigar la identidad política del peronismo opera como un ordenador identitario más potente que la propia pérdida del poder adquisitivo. El rechazo visceral actúa como un anestésico frente al ajuste. Hay mucha gente que prefiere la más absoluta carencia a -como le dicen los batalladores culturales- “la vuelta al horror peronista”, como si esto de la actualidad no fuera un horror para ese más de 80% que hoy, no hace tres años, la pasa mal.

El agotamiento registrado en Mendoza es un síntoma innegable de la crisis social. Sin embargo, en el laboratorio político argentino, la tensión entre la restricción económica y las pasiones ideológicas permanece abierta. Nadie sabe si el bolsillo volverá a dictar el veredicto o si, una vez más, la sociedad argentina encenderá -una vez más- el fósforo para incendiar los libros de teorías políticas y económicas.

Ojalá ese incendio no termine por quemarnos definitivamente…

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