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Estuvo preso, empezó a fabricar bombillas en el comedor de su casa y hoy factura hasta US$3 millones al año

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Hay gente que nace, estudia, se casa, tiene hijos, un trabajo, en fin, una vida sin sobresaltos. Hay otros, en cambio, que saben lo que es morder el polvo, caer, volver a levantarse, seguir, mirar a otros a los ojos y tender una mano. Porque claro, nadie se salva solo.

Algo de eso es lo que rige el espíritu de Cimarrón, un emprendimiento de fabricación de bombillas cuyo nacimiento podríamos fijar exactamente el martes 13 de marzo de 2007 y que es, desde entonces, “la fábrica que transforma vidas”, tal como reza su sitio web.

Pero es también inclusión, progreso, y sobre todo, cobijo para Gastón -que acababa de salir de prisión cuando este emprendimiento comenzó a dar sus primeros pasos-, para sus hermanos, Facundo -el menor- y Hernán -el mayor-, que lo acompañan desde aquel entonces, y para las casi 50 personas que trabajan hoy en ella, muchas de las cuales provienen de contextos sociales complejos.

“Madres solteras, pibes y pibas que vienen de la calle, que salieron de estar en cana y que conviven con profesionales. Muchos hoy tienen proyectos propios o se fueron a trabajos mejores, pero acá lograron hacer base, porque no habían trabajado nunca, y de los que se fueron, ninguno más volvió al delito”, asegura Gastón dando cuenta de la importancia social del proyecto que tienen entre manos desde hace casi dos décadas.

La planta de Cimarrón, la cooperativa que nació en La Matanza y hoy produce para grandes empresas. (Foto: gentileza Cimarrón)
La planta de Cimarrón, la cooperativa que nació en La Matanza y hoy produce para grandes empresas. (Foto: gentileza Cimarrón)

Los comienzos “en la casa de la vieja”

“Surgió por iniciativa de un tío nuestro, Mingo, que es tornero y venía a verme cuando yo estaba preso. Él siempre me decía que hiciéramos algo con mis hermanos. Empezamos a hacer esto para comer, porque estábamos bastante complicados. Cuando yo salí Hernán laburaba, Facu también, pero yo tenía arresto domiciliario, no podía hacer mucho, no podía andar, así que me hice cargo de la fabricación en un tallercito que pusimos en el comedor de la casa de mi mamá”, recuerda.

La inversión inicial, cuenta Hernán, fue de aproximadamente unos 200.000 ó 300.000 pesos de hoy. “Como un buen par de zapatillas”, asegura. En insumos, “algo así como 2000 o 3000 resortes, más unos 5 kilos de aluminio” con los que fabricaron las primeras bombillas. Hernán intentaba venderlas pacientemente en los comercios cercanos a su Aldo Bonzi natal donde por entonces se cocinaba la historia de Cimarrón.

Así fueron los comienzos de Cimarrón, en el comedor familiar. (Foto gentileza Cimarrón)
Así fueron los comienzos de Cimarrón, en el comedor familiar. (Foto gentileza Cimarrón)

“Después de patear mucho la calle y de vender de a docenas en la ferretería, o en el chino, una vuelta voy a un mayorista en Lanús, que hoy sigue siendo cliente nuestro, y me cruzo con un vendedor, que hoy también es cliente nuestro, y me dice, pero vos tenés que ir a los mayoristas, y le pregunto dónde estaban y me manda al barrio de Once. Había 70 mayoristas y ahí empezamos a vender más cantidad, y sobre todo empezamos a ver que había más demanda”, comenta Hernán. Cubrían los pedidos con un solo modelo de bombilla de aluminio con resortes.

“A partir de ahí nos empiezan a comprar de a 10 o 15 docenas”, recuerda. Y ellos, a edificar sobre todo, los cimientos de un proyecto cooperativo en el marco del cual actualmente fabrican, diseñan, crean, comercializan y ensamblan productos bajo un modelo productivo que además de ser sustento les permite a quienes en él participan, soñar que un futuro mejor es posible.

El primer gran salto lo dan con la bombilla de color. Pero Gastón reconoce que hubo otras pequeñas señales que rápidamente les permitieron detectar que podían vivir de eso que habían iniciado en la casa familiar. “Primero fue todo muy de trinchera, hacer 10 bombillas y salir a venderlas. Después hicimos una bombilla anodizada, que es un tratamiento que se le hace al aluminio para hacerla de color, en ese entonces no existian y tuvo mucho impacto. Llegamos a vender como 100.000 por mes. Una cosa de locos. Íbamos a entregarle a los clientes y ya en el bondi, mientras volvíamos, nos llamaban para pedirnos más”, comenta.

Una trabajadora de Cimarrón durante una jornada en la planta de producción. (Foto: gentileza Cimarrón)
Una trabajadora de Cimarrón durante una jornada en la planta de producción. (Foto: gentileza Cimarrón)

Una empresa competitiva y solidaria

La pandemia también marcó un antes y un después. “Arrancamos con 17 personas trabajando y a los tres meses éramos 45”, comenta Hernán.

Con el tiempo, también se mudaron al parque industrial de Ezeiza, donde alquilaron un galpón de 3000 metros cuadrados donde actualmente producen bombillas, sets materos, sartenes, cacerolas, inyección a terceros, colapastas, ensaladeras, tuppers, tachos de basura, mates, que venden a empresas de primera línea de todo el país y que han exportado a Chile, México, Paraguay y Uruguay; que ya cuenta con líneas de producción totalmente robotizadas y maquinaria del primer mundo; y a donde cada tanto llegan ingenieros que han trabajado en el exterior o equipos deseosos de saber de qué se trata y cómo funciona ese esquema productivo solidario que nació en pleno corazón de La Matanza, que decidieron organizar bajo un esquema cooperativo y fue creciendo a pura garra y corazón.

La fábrica se organiza como cooperativa. (Foto: gentileza Cimarrón)
La fábrica se organiza como cooperativa. (Foto: gentileza Cimarrón)

Somos una empresa que compite, pero hacia adentro tenemos valores solidarios, apostamos a lo colectivo, por eso somos una cooperativa. Además, cuando vino la mala nos bajamos todos los sueldos para no echar a nadie”, sostiene Gastón, que es el que carga sobre sus hombros con la responsabilidad de cerrar nuevos negocios, mientras Hernán se ocupa de las ventas y Facundo de la maquinaria, la caja y la parte administrativa.

Y así, casi 20 años después de aquel 13 de marzo de 2007 que parece haber que dado grabado en sus memorias, estos tres hermanos han venido a validar la idea de que es posible tener un modelo de producción competitivo, que factura entre US$2.5 y 3 millones al año, que empezó tímidamente en la casa familiar y que ha transformado cientos de vidas cuyo único destino parecía ser el de estar al margen del sistema. Y cada tanto, cuando el tiempo se los permite, siguen juntándose a hacer longaniza casera junto al tío Mingo, como una forma de honrar sus raíces tanas y una hermandad a prueba de todo.

Fuente: TN

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