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Frente al cadáver de su padre, una mentira sin retorno: la anatomía de un parricidio en Mendoza

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Fuente: El Sol – https://www.elsol.com.ar/policiales/mi-papa-esta-muerto-lo-encontre-esta-manana-la-mentira-que-se-transformo-en-perpetua/

La frase salió de la boca de Gustavo Fernando Olguín cuando las autoridades llegaron a la casa de su padre, en la calle Pedro del Castillo al 3900, en Villa Nueva, Guaymallén. Era el martes 19 de agosto del año pasado y el hombre de 56 años intentaba instalar una explicación sencilla para una muerte que, según el relato que brindó, había descubierto poco antes: Hugo Olguín (84) se habría descompensado, caído y golpeado la cabeza contra algún mueble.

La escena, sin embargo, tenía detalles que no encajaban con esa historia. El cuerpo estaba tendido boca abajo, había sangre en distintos sectores de la propiedad y un panel de vidrio aparecía roto junto al lugar donde había quedado la cabeza de la víctima. Las sillas estaban fuera de lugar y el desorden sugería que algo más que una caída había ocurrido dentro de la casa.

Gustavo dijo que había encontrado a su padre muerto durante la mañana. Pero no contó que había estado varias veces en ese mismo domicilio durante el período en el que se produjo el ataque. Tampoco llamó al 911 para pedir ayuda. Fue José Luis Monetti, un familiar de Hugo que acostumbraba llevarle el almuerzo, quien terminó dando aviso a los pesquisas.

Casi catorce meses después de aquel episodio, este miércoles, Olguín reconoció que había matado a su padre. El reconocimiento llegó en el marco de un juicio abreviado acordado entre la fiscal de Homicidios Andrea Cecilia Lazo, quien encabezó la instrucción desde el minuto uno, y la defensa. La resolución fue una condena a prisión perpetua por homicidio agravado por el vínculo, homologada por el juez Ramiro Salinas.

Hasta llegar a ese desenlace, la fiscalía reunió una cadena de pruebas que permitió reconstruir lo sucedido puertas adentro. Las cámaras de seguridad de un comercio vecino, las pericias sobre el cuerpo, los rastros genéticos encontrados en un palo de madera, la sangre de Hugo en las zapatillas de su hijo y las heridas que el acusado tenía en las manos fueron piezas de una causa en la que la versión inicial perdió sustento frente a la evidencia científica.

Las cámaras mostraron lo que no había contado

La reconstrucción de los movimientos de la citada mañana fue uno de los puntos centrales del expediente. Una cámara de seguridad instalada en un inmueble contiguo al de Hugo registró los desplazamientos de Gustavo y permitió establecer una cronología que contradijo su relato.

A las 9.25, Olguín salió de su casa, ubicada sobre calle Victoria, caminó hasta la morada de su padre e ingresó por la puerta principal. Apenas unos segundos después, salió y volvió a entrar por el sector del garaje.

Dos minutos después, Hugo fue detectado en las imágenes. Caminaba con dificultad, llegó hasta el portón del garaje y después regresó al interior de la vivienda. Ese fue el último momento en que las cámaras permitieron observarlo con vida.

A las 9.29, revelaron los registros, Gustavo salió por el portón del garaje, cruzó la calle y se dirigió hacia su domicilio.

La secuencia no había terminado. A las 9.38, regresó a la casa de su padre y volvió a salir un minuto después. Esta vez llevaba una campera azul y una gorra, prendas distintas de las que vestía durante su primer ingreso, cuando había sido registrado con ropa oscura y un gorro. A las 9.41 volvió a entrar. Permaneció dentro durante unos 18 minutos y se retiró cerca de las 9.59.

Las imágenes aportaron dos datos decisivos. Por un lado, ubicaron a Gustavo como la única persona que ingresó y salió de la casa durante la franja horaria analizada. Por otro, mostraron que estuvo allí en tres oportunidades y que se cambió algunas prendas de vestir.

Cuando declaró ante los primeros policías que llegaron a la escena, había situado su supuesto hallazgo del cuerpo cerca de las 10. El trabajo de Lazo y su equipo determinó que, a esa hora, ya se había retirado de la casa de su padre. Además, había omitido mencionar sus ingresos anteriores.

Tampoco fue él quien dio aviso a las autoridades. Mientras Gustavo permanecía fuera de la vivienda, fue Monetti quien se presentó ante la Oficina Fiscal de Guaymallén para informar que habían encontrado a un hombre muerto en una casa de Villa Nueva.

El testigo contó que había encontrado a Gustavo sentado frente a la antigua unión vecinal del barrio. El hijo de la víctima le dijo que su padre estaba muerto y que lo estaba esperando porque conocía su rutina de visitas.

Cuando entraron, Monetti encontró a Hugo tendido boca abajo, con sangre a los costados del rostro. También observó dos sillas desplazadas y un vidrio roto cerca de la cabeza. No había signos de que alguien hubiera forzado las puertas para entrar.

Los primeros indicios ya mostraban una escena de violencia. En ese momento, la explicación de la caída comenzó a desmoronarse.

Un ataque a golpes que terminó con la asfixia

La inspección de Policía Científica durante los primeros minutos reveló la dimensión de la agresión. Hugo tenía múltiples heridas en la cabeza, una fractura de cráneo, la nariz fracturada y hematomas en los brazos y las manos. También presentaba lesiones en el cuello, compatibles con una compresión externa.

El cuerpo estaba en el sector norte del comedor, boca abajo y sobre restos de vidrio. En una pared había un panel roto cuyos fragmentos se habían dispersado hacia el interior y el exterior. Los investigadores consideraron que el daño podía ser consecuencia de una proyección violenta desde adentro del domicilio.

El resto de la escena acompañaba esa hipótesis: sillas volcadas, un secador de piso y un escobillón fuera de lugar, además de manchas de sangre distribuidas por el comedor, las paredes, la lavandería y la puerta de la heladera.

No era el cuadro de una persona que simplemente había perdido el equilibrio.

La necropsia terminó de establecer cómo había muerto la víctima. El médico forense Martín Barrera identificó una herida contusocortante de aproximadamente 10 centímetros en la cabeza, una fractura de unos cinco centímetros en el cráneo, una fractura de la nariz y lesiones en la región de la sien derecha. También constató un hematoma alrededor del ojo derecho.

En los brazos y las manos encontró lesiones que interpretó como defensivas. Eran marcas compatibles con los movimientos de una persona que había intentado protegerse frente a una agresión.

El informe describió, además, una herida en la parte anterior del cuello y otra lesión en la región supraesternal. Para el forense, esas marcas eran compatibles con una presión externa sobre las vías respiratorias.

La conclusión fue contundente: el octogenario murió por asfixia provocada por la compresión externa del cuello, agravada por los traumatismos craneofaciales.

El legista descartó que el fallecimiento se debiera a una caída desde la propia altura o a una descompensación cardíaca. Aunque la víctima tenía antecedentes de salud, los infartos que aparecieron en el estudio histopatológico eran antiguos y no explicaban la muerte.

Los golpes y la asfixia se habían producido cuando Hugo todavía estaba vivo. La combinación de lesiones descartaba la versión que Gustavo había transmitido a la Policía y luego a sus propias hijas.

La acusación sostuvo desde un principio que, durante el ataque, el hombre golpeó a su padre en distintas partes del cuerpo con un palo y después lo asfixió. La agresión quedó respaldada por las lesiones, los rastros encontrados en la casa y el elemento que los investigadores recuperaron en el patio.

El palo roto que hallaron en la churrasquera

Los policías encontraron dos fragmentos de un palo cilíndrico en la churrasquera del patio exterior. Un tercer pedazo de madera, con restos de sangre, estaba en el comedor.

Al reunir los tres fragmentos, los peritos pudieron reconstruir el objeto: un palo de madera de aproximadamente 59 centímetros de largo, con roturas irregulares.

El elemento tenía manchas de sangre y otros rastros biológicos. El análisis genético permitió establecer que en uno de los extremos había células compatibles con el perfil de Gustavo Olguín, mientras que en otro se encontraron restos hemáticos correspondientes a su papá.

La coincidencia resultó relevante al ser comparada con las conclusiones del médico forense, quien había explicado que las heridas en el cráneo eran compatibles con golpes producidos por un elemento contundente, como un palo.

La ubicación de los fragmentos también llamó la atención de los detectives. Dos partes habían sido llevadas hasta la churrasquera, fuera del sector donde se concentraba la violencia. La fiscal concluyó que esa circunstancia era compatible con un intento de ocultar el objeto utilizado durante el homicidio.

No había testigos presenciales del ataque. Pero la evidencia material comenzaba a reconstruirlo: el palo había estado en contacto con ambos hombres y las lesiones de Hugo coincidían con la utilización de un elemento de esas características.

La prueba genética no fue el único vínculo entre el recientemente condenado a perpetua y la escena.

Durante el allanamiento en la casa de Gustavo, los investigadores secuestraron un pantalón de jean y un par de zapatillas. En el pantalón encontraron manchas sospechosas y tres cortes en la parte delantera de una de las piernas. En ambas zapatillas había restos de sangre.

Los estudios de ADN identificaron esa sangre como perteneciente a Hugo Olguín.

Así las cosas, el rastro de la víctima fue detectado en el calzado de su hijo, mientras que los fragmentos del palo contenían material genético de ambos. La evidencia científica coincidía con los movimientos registrados por las cámaras y con la mecánica de la agresión que había establecido la necropsia.

Las heridas que tenía en las manos

Dos días después del homicidio, el 21 de agosto, efectivos de la División Homicidios de Investigaciones capturaron a Gustavo. Durante el procedimiento, los efectivos observaron que tenía lesiones visibles en las manos y una protuberancia en el costado derecho del cuello.

El examen realizado por una médica del Cuerpo Médico Forense describió inflamación, edema y enrojecimiento en el dorso de la mano derecha. También registró varias excoriaciones con costras de sangre seca, además de lesiones menores en la rodilla derecha.

En ese momento, para la fiscalía, esas marcas tenían un valor probatorio porque eran contemporáneas al ataque. Sumadas a las heridas defensivas que presentaba la víctima, reforzaban la hipótesis de un enfrentamiento físico durante el cual Hugo había intentado protegerse.

Los investigadores también analizaron las huellas papilares levantadas en distintas superficies de la casa. Una de ellas, encontrada en la puerta plegable que comunicaba el pasillo de ingreso con el comedor, correspondía al pulgar de la mano derecha de Gustavo.

Por sí sola, esa huella no demostraba un homicidio: el hijo visitaba habitualmente a su padre y tenía acceso a la propiedad. Sin embargo, integrada con el resto de las evidencias, confirmaba su presencia en sectores relevantes de la escena.

La causa avanzó así mediante la combinación de elementos que, analizados en conjunto, adquirieron un peso decisivo: las imágenes de las cámaras, las lesiones de ambos hombres, la sangre en las zapatillas, el material genético del palo y los movimientos que Gustavo había omitido en su primera explicación.

La misma historia para sus hijas

La versión de la caída no quedó limitada a la primera entrevista policial. Al día siguiente del crimen, Gustavo transmitió a sus hijas una explicación similar sobre la muerte de su abuelo. La extracción de datos de su teléfono celular permitió recuperar los audios que envió el 20 de agosto.

Le escribió a Milagros para comunicarle la noticia: “Te tengo que dar una noticia fea, falleció el abuelo”.

Horas más tarde, le envió un audio a Josefina. Allí sostuvo que Hugo se había descompuesto, se había caído y que él lo había encontrado mal durante la mañana. Agregó que su padre ya estaba viejo.

Luego le transmitió un mensaje similar a Trinidad: palabras más, palabras menos, le dijo que “el abuelo había muerto” y, según expresó, “ya estaba descansando”.

La investigación permitió establecer que, mientras comunicaba el fallecimiento, Gustavo también pedía dinero. En un mensaje dirigido a la primera de ellas le solicitó que le prestara unos pesos porque estaba atravesando una situación económica muy complicada y necesitaba dinero para comprar pan y otras cosas.

Los mensajes adquirieron relevancia al ser confrontados con los testimonios de familiares y vecinos, que describieron una dependencia económica marcada entre padre e hijo.

Dependía económicamente de su padre

Hugo vivía solo desde la muerte de su esposa. Su estado de salud se había deteriorado y tenía importantes dificultades de visión y para caminar. Necesitaba ayuda para algunas tareas cotidianas, aunque todavía mantenía rutinas en el barrio.

Gustavo vivía a pocos metros, en una propiedad de la calle Victoria. De acuerdo con los testimonios incorporados durante los trabajos investigativos, visitaba a su padre con frecuencia y recibía de él una ayuda económica constante.

Monetti, el familiar que acostumbraba llevarle el almuerzo, explicó que se encargaba de cobrar la jubilación y la pensión de Hugo debido a sus problemas de visión. Declaró que el hombre le pedía que retirara parte del dinero y después utilizaba esos fondos para ayudar a su hijo. La asistencia incluía el alquiler de la vivienda donde Gustavo vivía con hijas, los servicios y la comida.

Una vecina que conocía a Hugo desde hacía décadas, describió una relación que a simple vista parecía buena. Gustavo visitaba a su padre y participaba de sus cuidados, pero también le había pedido dinero y mercadería en reiteradas oportunidades. La mujer señaló que el hombre atravesaba dificultades económicas.

Otros vecinos confirmaron que Hugo pagaba el alquiler de su hijo. Uno de ellos, que le alquilaba a la víctima un garaje para guardar su vehículo, declaró que en un par de veces le había pedido a Gustavo el dinero correspondiente y que no se lo había entregado. También contó que el acusado había acudido al negocio de su padre para solicitarle plata.

La situación económica del condenado quedó reflejada, además, en las conversaciones extraídas de su teléfono. Después de la muerte de Hugo, pidió ayuda a distintos contactos.

Otro allegado aportó un nuevo elemento sobre las horas previas al crimen. El hombre declaró que la noche anterior había estado en la casa de Gustavo junto con otras tres personas y que consumieron estupefacientes. Según su relato, el acusado fumó cocaína en una pipa.

Romani afirmó que Gustavo solía ponerse violento cuando consumía drogas y que, en su opinión, podía haber matado a su padre porque se quedaba sin dinero y se enojaba. Se trató de una apreciación del testigo, no de una conclusión pericial sobre el motivo del homicidio.

El examen toxicológico realizado a Gustavo después de su detención detectó metabolitos de cocaína y marihuana en sangre. Ese resultado confirmó el consumo de esas sustancias, aunque no estableció por sí mismo que esa fuera la causa del ataque.

La fiscalía evaluó el contexto económico, los testimonios sobre el consumo de drogas y la relación cotidiana entre padre e hijo. Entre las hipótesis consideradas figuraron los problemas de dinero y el posible desgaste asociado a la asistencia que requería Hugo.

De esta forma, el miércoles, Gustavo Olguín acorralado, reconoció que había matado a su padre durante un juicio abreviado acordado entre la fiscal Lazo y su defensa. El proceso terminó con la condena a prisión perpetua.

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