Aunque el Malbec suele acaparar los reflectores del vino argentino, existen cepas casi secretas que guardan historias milenarias. Una de ellas es la Garnacha, una variedad de origen español que hoy se cultiva en muy pocos rincones del país, entre ellos, San Rafael, donde apenas alcanza 0,3 hectáreas implantadas.
La Garnacha nació en Aragón, España, y se extendió por Europa durante la Edad Media. Con el paso de los siglos se convirtió en una de las uvas más cultivadas del planeta, por su capacidad de adaptación a climas cálidos y secos, su resistencia a la sequía y su vigor productivo.
Sus racimos medianos a grandes ofrecen rendimientos altos y vinos de color rubí, con cuerpo medio y aromas frutales intensos.

En Argentina, según los últimos registros oficiales del INV, existen 64 hectáreas de esta variedad: 62,6 corresponden a Garnacha tinta y 1,5 a Garnacha blanca.
La provincia de Mendoza concentra 43 hectáreas, con presencia destacada en Tunuyán (9,6 ha), Tupungato (8,8 ha) y pequeñas superficies en San Rafael, donde algunos productores apuestan a diversificar sus vinos con esta cepa mediterránea.
Aunque su presencia es mínima, el interés por la Garnacha va en aumento. En el último año, las ventas al mercado interno de vinos puros de esta variedad crecieron un 603 %, mientras que sus cortes aumentaron un 47 %. En total, la comercialización nacional se duplicó respecto de 2015, con más de 1.062 hectolitros vendidos en 2024.
Más allá de las cifras, la Garnacha representa un renacer silencioso: una apuesta por la diversidad, la experimentación y la búsqueda de identidad en los viñedos argentinos. Y en ese mapa en expansión, San Rafael, con su suelo y su sol inconfundibles, vuelve a ser parte de la historia del vino.







