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Juan Ortelli: Andrés, buscador de sueños

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Nació en San Rafael, Mendoza, con el murmullo de los libros como herencia. Nieto de Enrique Ortelli, fundador de una librería que fue refugio y faro para la ciudad, creció entre estantes y palabras, aprendiendo que cada historia podía abrir puertas invisibles. Desde chico, Andrés fue curioso, inquieto, un buscador de sueños que nunca se conformó con lo obvio.

Su primer contacto con la radio fue en un programa local llamado Bang, bang, estás liquidado, donde aprendió a narrar, a escuchar y a dar voz a lo que encontraba valioso. Ese laboratorio de sonidos y voces marcó su mirada del mundo: cada historia tenía un pulso propio, cada palabra podía ser un portal.

El camino lo llevó a Buenos Aires, donde estudió periodismo en TEA. Vivió en una pensión humilde, con lo justo para sobrevivir, pero con un hambre de aprendizaje insaciable. Allí escribió una nota decisiva sobre la primera nieta recuperada por Abuelas de Plaza de Mayo, un trabajo que marcó un antes y un después en su vocación. Su talento llamó la atención de Fernando Sánchez, editor musical de Rolling Stone Argentina, y una investigación sobre bandas de rap bonaerenses se convirtió en tapa, proyectando su nombre y su mirada crítica hacia la música y la cultura urbana.

Apenas con 31 años, fue nombrado director de Rolling Stone Argentina, convirtiéndose en uno de los directores más jóvenes del mundo y el primero en surgir desde dentro de la redacción. Bajo su liderazgo, la revista creció en ventas y relevancia cultural, produciendo tapas que quedaron grabadas en la memoria colectiva: desde Pity Álvarez hasta El Indio Solari. Su capacidad para combinar estética y documental convirtió cada edición en un relato vivo, en un mapa de emociones, sonidos y miradas sobre la música argentina y global.

Juan no se detuvo en el rock. Se sumergió en la cultura urbana, siendo jurado en El Quinto Escalón, Batalla de Gallos y FMS Argentina, acompañando la profesionalización del freestyle, reconociéndolo como industria emergente y fenómeno social. Su libro Réplica, dedicado a la historia del freestyle hispanohablante, refleja su mirada analítica y apasionada sobre las nuevas generaciones, sobre cómo el trap, el rap y las batallas de improvisación transformaron la música, la cultura y la forma de ser de toda una comunidad.

En los últimos tiempos, Andrés estaba inmerso en un nuevo proyecto literario, un libro que llevaba en su interior la misma pasión y profundidad con la que vivió cada nota, cada entrevista, cada escena. Lamentablemente, no pudo terminarlo. Ese libro inconcluso se convierte ahora en un símbolo: de su impulso creativo, de su necesidad de narrar, de su hambre por dejar su huella en la palabra escrita.

Antes de todo eso, Juan fue para mí «El Andrés Ortelli», un amigo inseparable. Compartimos infancia y adolescencia, secretos, juegos, risas y sueños. Él tenía su banda en San Rafael, Capitán Piluso, formada por Diego Ruiz (el baterolo) y Jorge Chiqui Lopez, y yo la mía, en ese momento Mandrake el Mago. Recuerdo uno de sus recitales: él, como en las batallas del Quinto Escalón, recogía objetos de un baúl y los transformaba en recursos para su show.

Compartimos muchos momentos juntos, a la par de otro gran amigo que perdimos de muy jóvenes en un accidente, nuestro querido Martín Robinson. Pasamos horas en el Nihuil, donde nuestras charlas no descansaban, donde las ideas, los sueños y las risas circulaban sin fin. Aquellos días eran nuestro laboratorio: inventábamos mundos, nos retábamos, aprendíamos a ser nosotros mismos. Más allá de la música, fuimos cómplices, compañeros de aventuras, hermanos en la búsqueda de lo diferente, de lo auténtico, de lo que nos hacía sentir siempre sapos de otro pozo.

Juan nos deja también una enseñanza vital: perseguir y sostener nuestros sueños, vivir con intensidad cada segundo, porque el destino de nuestra continuidad en el mundo es un incierto permanente. Cada elección, cada paso, cada historia que vivimos es un acto de resistencia, un recordatorio de que la vida merece ser sentida con fuerza, sin postergar lo que nos hace vibrar, sin callar lo que nos enciende por dentro.

Hoy lo despido recordando todo lo que construyó: periodista lúcido, escritor, cronista de la cultura urbana, jurado, referente de generaciones. Pero sobre todo lo despido como amigo: generoso, noble, irrepetible. Su memoria vivirá en las páginas que escribió, en las batallas que acompañó, en los escenarios que compartimos, y en los corazones de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.

Un abrazo al cielo, Andrés querido.

por Antonio Dagata

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