El 6 de septiembre de 1930 un golpe de Estado derrocaba al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen. De esa manera, la joven democracia que había nacido en 1916 con la implementación de la Ley Sáenz Peña para intentar tener un sistema electoral lo más justo posible mediante el voto secreto y obligatorio de los hombres (las mujeres recién pudieron votar varias décadas después) se veía interrumpida abruptamente por quienes no admitían la institucionalidad.
Ese no fue, claro, el último golpe de Estado en nuestro país. Según el historiador Felipe Pigna, quizás el movimiento liderado por los militares José Félix Uriburu y Agustín P. Justo, y apoyado por una importante parte de la sociedad civil haya enseñado “a los golpistas del futuro que la cosa debía empezar con el desprestigio del gobierno y el sistema a través de una activa campaña de prensa; asimismo, lograr la adhesión y el auxilio financiero de los grandes capitales nacionales y extranjeros a cambio de entregarles el manejo de la economía; rebajar los sueldos y pedir sacrificios a los asalariados que luego se traducirían en una hipotética prosperidad; las arengas debían ser fascistas pero el Ministerio de Economía sería entregado a un empresario o gerente liberal al que no le molestaran mucho los discursos y las actitudes autoritarias, a un liberal al que lo tuvieran sin cuidado el respeto a los derechos humanos y todos aquellos derechos impulsados justamente por el liberalismo”.
Con el golpe ocurrido un día como hoy hace 93 años “la elite volvió a tener la posibilidad de marginar políticamente a los sectores sociales que venía marginando social y económicamente desde siempre. La vuelta al fraude electoral alejaba a las mayorías populares de la posibilidad de decidir sus destinos; la sociedad se preparaba para los grandes cambios que se avecinarían a mediados de los años 40. Pero para eso faltaba mucho tiempo, mucho sufrimiento y mucha lucha. Estaba comenzando una década claramente infame”, sostiene Pigna. Lamentablemente, demasiadas veces más se repitieron esas infamias a lo largo de nuestra historia, y lo peor es que nadie nos garantiza que no se reiteren en el futuro… Ni en el presente.




