La tarea de comprender a la nueva extrema derecha –la que nació en otros puntos del mundo y hoy gobierna en la Argentina- no es fácil, porque más allá de cierto eje común, la derecha se adapta con facilidad a los miedos y frustraciones particulares de los olvidados de cada país.
Su ingrediente más novedoso es el uso eficiente de tecnologías para detectar temores, frustraciones, rasgos de personalidad o deseos, con datos obtenidos de distintas maneras. Con ese insumo, infinitamente más rico que el provisto por muestreos estadísticos, es posible detectar a los “persuadibles” y afectar su comportamiento.
Un denominador común entre los ideólogos de la derecha es la necesidad de destruir el Estado tal como lo conocemos: su burocracia, su corrupción, su simbiosis con los poderes fácticos, pero también sus sistemas de salud, educativos y científicos, las agencias ambientales, el aparato diplomático.
Lo que quieren los humillados es una venganza contra ese establishment (o lo que ellos consideran como tal). En ese contexto en el que no hay mapas cognitivos que permitan comprender qué pasa, las lecturas conspirativas simples y descarnadas que confirman quiénes son los malos funcionan como un salvavidas emocional.
Estas líneas permiten trazar algunas respuestas sobre el avance de la derecha global, pero es mucho lo que queda por responder. ¿Alcanza el rechazo de amplios sectores del establishment para no considerar a estos nuevos populismos de derecha simplemente como otra “vuelta de rosca” neoliberal? ¿Son sostenibles estos gobiernos basados en mantener irritadas a sus bases de apoyo y en neutralizar a sus adversarios? ¿Qué lugar tiene la realidad material para socavar sus discursos? Hasta ahora la receta ha sido duplicar la energía de cada ataque, pero ¿hay un límite? ¿Podrán sobrevivir al nivel de descomposición social que ellos mismos potenciaron? Y, sobre todo, ¿qué viene después de sus cada vez más evidentes fracasos para satisfacer las expectativas de quienes los votaron?




