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La diplomacia, el sentimiento y las contradicciones del poder

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La victoria de la Selección Argentina ante Inglaterra reabrió debates que exceden lo estrictamente deportivo y se adentran en el complejo terreno de la identidad y la política nacional. En una sociedad golpeada por la crisis, el triunfo actúa como un bálsamo necesario, pero también como un espejo de las contradicciones que habitan en los niveles más altos del poder.

Resulta evidente la dualidad discursiva del presidente Milei frente a este acontecimiento. Pocas horas antes de su reflexiva y medida entrevista radial con Mitre, el mandatario se había expresado en sus redes sociales con un visceral y eufórico *»VAMOS ARGENTINA CARAJO…!!! LRPMQLRCRMP…»*. Sin embargo, poco después, adoptó una postura llamativamente sosegada para cuestionar las declaraciones de los jugadores, la bandera desplegada por el seleccionado y los cánticos de la tribuna, tildando tales manifestaciones de «patriotismo barato» y «eslóganes rancios».

Este fuerte contraste volvió a poner de manifiesto la distancia entre la reacción inmediata de un hincha y la posterior necesidad de un discurso alineado con ciertos intereses geopolíticos y financieros.

Nadie con un sentido mínimo de la realidad puede desconocer que la recuperación de las Islas Malvinas debe encauzarse a través de una diplomacia sabia, firme y constante en los foros internacionales. La vía pacífica, el diálogo y el derecho internacional son los únicos caminos viables para reparar la usurpación histórica de nuestro territorio. En ese punto, la seriedad de una estrategia de Estado es indiscutible y necesaria.

No obstante, calificar el gesto de los futbolistas o el sentir de una parte mayoritaria de la ciudadanía como una expresión «barata» constituye un profundo error de lectura social o una posición despectiva -una más- frente a quienes no piensan como él.

La memoria colectiva no es un eslogan populista; es el lazo que une a un pueblo con su historia y con el dolor de quienes entregaron su vida en el Atlántico Sur.

En muchos rincones del país, donde el respeto a nuestros veteranos y la causa Malvinas forman parte activa de la identidad nacional, las manifestaciones de necesaria recuperación de las islas no se perciben como un nacionalismo rancio, sino como un acto de estricta justicia histórica. Desmerecer el valor simbólico de esas expresiones populares -algo que también se denosta a diario desde el Ejecutivo Nacional- implica ignorar la fibra más íntima de la sociedad y alejarse -vaya a saber con qué interés- de un sentimiento que es signo de este tiempo.

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