Muchos de los dirigentes actuales, incluso varios de ellos en las más altas esferas de los Gobiernos, han fundado sus cimientos de popularidad en los medios de comunicación tradicionales y/o en las redes sociales.
En general, sus declaraciones o posteos altisonantes -que repercutían fuertemente en los medios- fueron aprovechados en un momento de hastío del electorado para con las propuestas políticas partidarias históricas para lograr meterse en la mente del electorado y, por añadidura, en puestos de decisión social muy destacados.
El sociólogo inglés Anthony Giddens, autor de los postulados de la Tercera Vía, entre el capitalismo liberal y el socialismo, sostiene que “hay en marcha una revolución mundial sobre cómo nos concebimos a nosotros mismos y cómo formamos lazos y relaciones con los demás”, y sobre esta base construye el concepto de “democracia de las emociones”. Según este autor, hablar de una democracia de las emociones implica la observancia y aplicación de estas nuevas relaciones humanas a la democracia pública.
A partir de estos conceptos, muchos dirigentes políticos -fundamentalmente los nóveles en esas arenas- entendieron que sus declaraciones debían ser siempre tendientes a impactar en los públicos. “El escándalo es preferible a la prudencia”, parece ser el mantra de quienes, en campaña o en la función pública, se refieren a la cosa pública.
Insultar a medio mundo o afirmar que quienes sufren con el uso de la pirotecnia deben “comprarse tapones para los oídos o sedar a sus mascotas”, entre otros desatinos, es una actitud que, a más de imprudente, va en contra de la ley. Algo que los dirigentes deberían cuidar soberanamente y que la ciudadanía debería reclamar como principal requisito a cumplir por parte de sus representantes.
Por ahora, esas comunidades (o una gran parte de ellas) siguen aplaudiendo -cuando las expresiones son contestes con sus pensamientos- los estrépitos de quienes nos gobiernan porque las emociones pueden mas que la razón. Lamentablemente…




