En una charla distendida en Otro Día Perdido, el actor Osvaldo Laport sorprendió a todos al relatar una inesperada premonición que vivió de joven. El relato, compartido con Mario Pergolini, combinó anécdota artesanal y destino laboral, y dejó al conductor sin palabras por lo insólito y concreto de la situación.
Todo comenzó al repasar su trayectoria y detenerse en una imagen promocional de la novela Más allá del horizonte (1994), donde Osvaldo Laport era Catriel, un chico raptado por un malón. Al ver la foto, Pergolini bromeó: “Qué buen taparrabo que tenías ahí”, entre risas del estudio. El comentario derivó en una respuesta que cambió el clima en el estudio.
El hallazgo en la foto

La reacción fue inmediata cuando Osvaldo Laport soltó: “Ese taparrabo lo hice yo”. Explicó: “Me suceden esas cosas. Soy carpintero, hago muchas cosas con las manos. Un día empecé a hacer un taparrabo y Viviana me preguntó qué estaba haciendo. Le dije eso, y cuando me preguntó para qué le respondí que no tenía idea”. La premonición sorprendió a todos.
Pergolini intentó atar cabos y preguntó: “¿En serio? ¿Pero previo a esto?”. Laport respondió que sí, y contó que aquel objeto aparentemente sin sentido terminó siendo fundamental para uno de sus personajes más recordados. El relato dejó en claro cómo una acción íntima se cruzó con la vida profesional del actor.
Humor y destino
La atmósfera derivó en chistes del equipo. Radagast ironizó: “Te bajó esa data de la nada: tengo que hacerme un taparrabo porque me va a servir para algo”, y la respuesta general siguió en tono burlón. Alguien remató: “Pero uno se hace un pantalón en toda caso, no un taparrabo. Es raro”. “Sí, es rarísimo”, cerró Laport entre risas.
Osvaldo Laport remarcó su gusto por el trabajo manual y cómo esas chispas creativas surgen sin calendario: la carpintería le sirve para pensar papeles y resolver vestuarios al margen de los guiones. La historia, contada con humor, subraya la mezcla de intuición y oficio que acompaña la carrera del actor desde los años noventa.
El intercambio viralizó en las redes y remarcó la química entre el invitado y el conductor. La incredulidad de Pergolini quedó patente en su silencio seguido de preguntas; la anécdota del taparrabo acumuló comentarios por su carácter de premonición práctica, un relato doméstico que prendió fuerte entre televidentes y oyentes.
En definitiva, la aparición dejó una postal de lo inesperado: un objeto hecho sin ninguna meta terminó enlazado a un personaje y a la memoria colectiva.
Fuente: La 100







