Si una cosa aprendieron los antiguos romanos es que no se podía dejar las cosas más importantes de la comunidad en manos de aprendices. Fue por eso que quienes aspiraban a desempeñar las más altas responsabilidades políticas debían completar la denominada «carrera de honores» (cursus honorum). Es lo que hoy se conoce comúnmente como carrera política y que al parecer cayó en desgracia por el desprestigio, justificado o no, del trabajo político en un país que vive de crisis en crisis. Sin embargo, confundir un oficio, una profesión o el desempeño de una actividad con los individuos que la ejercen es un error. No sería sensato –por caso- responsabilizar a la medicina en general por la mala praxis de un cirujano. Dialogar entre dirigentes de ideas o intereses opuestos y con los representantes de los distintos poderes del Estado exige, ante todo, predisposición y voluntad de llegar a acuerdos. Tareas extremadamente complejas como bajar la inflación e implementar un duro ajuste para estabilizar la economía requieren de mucho diálogo y una amplia base de consensos. Una cosa en la que no parece reparar el gobierno mileísta es que el tremendo plan de ajuste ultraortodoxo que lleva adelante no puede funcionar sin sustentabilidad política y sin acuerdos de gobernabilidad, dos cuestiones que cualquier veterano de la política que completó el «cursus honorum» sabe perfectamente. Los historiadores explican que el cursus honorum que idearon los romanos no fue un capricho de unos pocos iluminados, sino que fue el resultado de un largo proceso de búsqueda de una mejor organización de la sociedad. En la toma de decisiones políticas en coyunturas muy complejas y difíciles no hay mucho margen para el error y es el principio de realidad el que, al fin y al cabo, siempre termina sumando una buena dosis de racionalidad al ejercicio del poder. Claro, para ello se debe contar con esa racionalidad, la misma que va a contramano del obrar prepotente y torpe que se evidencia en las más altas esferas del poder nacional.




