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La última misa del profeta de la intemperie

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El fallecimiento de Carlos Alberto «El Indio» Solari ha provocado una conmoción popular que excede con creces los límites de la crónica artística para transformarse en un acontecimiento político y sociológico de dimensiones históricas. Su partida física oblitera el último gran mito viviente de la cultura popular argentina, dejando una fisonomía de orfandad en millones de almas que encontraron en su obra un refugio, una trinchera y una explicación poética del dolor colectivo. 

Ante una pérdida de esta magnitud, la negativa del Gobierno nacional de ceder las instalaciones del Congreso de la Nación para su velatorio público no constituye un acto de orden administrativo o de austeridad republicana; parece más una muestra palmaria de mezquindad ideológica y un profundo temor ante la marea humana que el artista siempre fue capaz de convocar.

Históricamente, el Congreso ha sido el recinto donde las repúblicas despiden a sus faros culturales, a aquellos hombres y mujeres que, sin haber portado atributos formales de gobierno, forjaron la identidad de la patria. Negarle ese espacio al ídolo es un intento inconducente por disciplinar la memoria popular, un castigo tardío a un creador que jamás se arrodilló ante los altares de la complacencia oficial y que prefirió siempre el barro de la autogestión antes que las prebendas del poder de turno.

El peso social del Indio Solari radica en haber sido el cronista definitivo de la decadencia y la resistencia argentina de las últimas cuatro décadas. Con una poética hermética pero profundamente intuitiva, sus letras funcionaron como una pintura fiel de las sucesivas crisis que devastaron al tejido civil: desde el desamparo de la postdictadura hasta el estallido neoliberal, pasando por la marginalidad y los sueños truncados de la juventud. Frases enteras de su repertorio se transformaron en máximas de la sabiduría de la calle y miles de pieles argentinas están escritas por el Indio.

Esa vigencia poética quedó demostrada en la fisonomía de las multitudes que salieron a las plazas y a las calles de todo el país a tributarle su último adiós. En un fenómeno transversal y conmovedor, tres generaciones confluían en un mismo llanto: padres que asistieron a los míticos recitales de la década del 80, hijos que crecieron bajo el sol de los estadios colmados en el interior del país y nietos que descubrieron en las plataformas digitales el mismo fuego sagrado. 

Al Indio Solari no le hacían falta las alfombras rojas del poder institucional; su velatorio definitivo ocurre en el corazón de cada barrio, en la garganta de cada pibe de las barriadas profundas y en la persistencia de una obra que ya pertenece al patrimonio ético y estético de la nación. Pretender clausurar la trascendencia de un prócer popular es el camino más corto hacia el ridículo. La última misa no necesitó de la venia oficial, porque la eternidad, al igual que los corazones de los justos, es un territorio que la mezquindad política jamás podrá colonizar.

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