Escapando de una guerra, con solo 13 años y con muchos sueños por cumplir. Así llegó a Mendoza Anna Lanova, una ucraniana que en 1994 decidió huir de su país junto a su familia por miedo a perderlo todo.
“Hoy me toca ver desde este lado del mundo como mis compatriotas intentan salvar sus vidas, tal como lo hicimos nosotros, hace casi 30 años”, aseguró la mujer que formó su familia en Mendoza y que, si bien tiene intenciones de regresar a su país de origen, ya no es un plan para instalarse.
El 24 de febrero, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, dio luz verde a un ataque sin escala y los bombardeos en diferentes ciudades ucranianas no han parado.
“Es tremendo lo que se está pasando allá. No veo mucha tele ni sigo las redes sociales porque me hace mal, me quiebra el alma ver a mis compatriotas morir en la guerra. Igual, es inevitable no estar al tanto, sin embargo, trato de no ver porque no aguanto tanto dolor. Ninguna guerra es linda, te hace doler el alma, te estruja el corazón”, contó.
Anna agradeció no tener familiares directos en Ucrania. “Tengo una prima y sus hijos que viven en Crimea, un país que se anexó a Rusia 8 años atrás y con los que estoy en contacto mediante las redes sociales”, relató.

De Ucrania a Mendoza, volver a empezar
La relación de Anna con Mendoza se remonta a 1994, fecha en que sus padres decidieron armar las valijas e irse definitivamente de Ucrania en busca de nuevas oportunidades.
“El contexto de nuestra huida era similar al de hoy, si bien el país no estaba en guerra, sí muchas regiones aledañas. Mi hermano estaba a punto de cumplir sus 18 años, por lo que iba directo al Ejército, y eso se convertía en la peor pesadilla de cualquier madre, ya que muchos de esos chicos no regresaban y, si lo hacían, no volvían enteros”, contó Anna.
Pero no solo su hermano los motivó, sino que su madre fue otro de los motivos claves para huir, ya que ella se desempeñaba como enfermera, oficio esencial para la guerra.
“Elegimos Argentina como destino porque mi padre era cubano y no se animaba a ir a otro país que no se hablara el español o el ruso, por otro lado, escogimos Mendoza para afianzar nuestra familia porque mi papá era ingeniero en Minas y nos habían aconsejado que el mejor lugar para desarrollarse profesionalmente en el oficio era esta provincia”, relató.
Ya instalados en la provincia no todo fue color de rosas. “La vida en Mendoza fue muy difícil, cuando se dan cuenta de que uno es extranjero se torna un poco más complicado. Mi padre trabajó en tres mineras diferentes y no le fue bien. Terminó estafado y decidió cambiar su rumbo profesional”, contó y aclaró que, en el camino, también se toparon con gente buena que les tendió una mano.
Se agrandó la familia
Ya consolidados en Mendoza, Anna se casó con un mendocino con quien tuvo dos hijos varones: Román (16) y Maxim (7). “Los nombres de los chicos fueron escogidos por mi esposo porque quería que nuestros hijos no perdieran su esencia y llevaran los nombres de allá”.
“Mendoza me brindó una tranquilidad personal que no tenía. Un claro ejemplo de ello, estuvo relacionado con el consumo de drogas que allá abunda y acá se observa, pero en otro nivel. Me encontré con gente buena, aunque también se me cruzaron malas personas, como en todas partes”, expresó.
Retornar al origen
La posibilidad de volver a su país de origen estuvo latente siempre. «Me hubiera gustado regresar para reencontrarme con amigos y familiares, pero ya no para vivir. Mi lugar está en Mendoza, acá eché mis raíces”, consignó.
La mujer contó que sus padres sí retornaron a Ucrania. “Hace 16 años fueron a buscar a mis abuelos que quedaron allá. Por suerte pudimos estar juntos y disfrutamos sus últimos años de vida”.
Pese a no tener intenciones de volver, Anna confesó que extraña mucho sus raíces: “Extraño la gente, los sitios que frecuenté, el mar, el río, la playa, la escuela donde estudiaba, hoy convertida en uno de los refugios donde se albergan mis compatriotas. Extraño ver a mis amigos, con quien tengo conexión mediante redes sociales, pero nunca es lo mismo; extraño las comidas, los sabores son completamente diferentes. Se extrañan muchas cosas, los valores, la educación es diferente y se extraña”, confesó emocionada.

El presente de Anna
Cansada de trabajar en empleos en los que le pagaron la mitad del sueldo por ser extranjera, la mujer decidió independizarse y emprendió su propio proyecto.
“Lo qué más me gusta en la vida son los chocolates y me dediqué a eso, a elaborar. Junto a una amiga nos pusimos un local, ella trabaja como peluquera y yo me desempeño en pastelería europea. Aposté por esto para estar más tranquila y no trabajar gratis”, cerró.

Fuente y fotos: Gentileza El Sol







