El debate en torno a la calidad de la educación que reciben los niños, niñas y adolescentes de la Argentina no tiene final, pero suele renovarse a partir de nuevos elementos. Los especialistas en política educativa y en el diseño de las currículas no se ponen de acuerdo: no son pocos los que advierten que las aulas argentinas siguen igual que el siglo pasado sin tener en cuenta los enormes cambios impulsados por el desarrollo de las nuevas tecnologías aplicadas a la educación. Aquí un profesor o maestro sigue con la tiza y el pizarrón como soportes en el aula. Y después se encuentra la otra discusión que gira en torno al nivel con el que los estudiantes terminan la enseñanza obligatoria. ¿Comprenden los textos? ¿Saben realmente de matemática? son los interrogantes básicos que se repiten una y otra vez.
Un reciente informe de la Secretaría de Educación de la Nación reveló que menos de la mitad de los alumnos de tercer grado en Argentina logra comprender textos complejos de forma adecuada. Mendoza, aunque se ubica entre las jurisdicciones con mejores resultados, tampoco escapa a esta realidad: solo el 44,1% de sus estudiantes alcanza el nivel esperado en lectura.
En tanto, según mostró el informe “Abriendo la caja: ¿qué evalúa PISA en Matemática?”, del Observatorio de Argentinos por la Educación, 72,7% de los estudiantes argentinos de 15 años no alcanzaron el nivel esperado en Matemática
A esto se le suman cuestiones como las competencias necesarias para el siglo XXI que agigantan la brecha digital, y la desigualdad digital, que no está dada por tener acceso a internet, sino que radica en la “calidad de su utilización educativa”. Esta brecha genera una verdadera grieta educativa entre los argentinos, agravando los malos resultados.
La problemática no es nueva pero no parece ir en un sentido de soluciones. Las mismas, seguramente, obligarán a abordajes integrales y extendidos en el tiempo más allá de los gobiernos y los colores partidarios. Caso contrario, continuaremos en la pendiente descendente.



