Los resultados del operativo de evaluación nacional «Aprender» encendieron una fuerte señal de alarma al revelar que dos de cada tres alumnos de apenas 11 años hacen uso cotidiano de redes sociales. Esta exposición temprana e intensiva a las pantallas no solo reconfigura los hábitos de entretenimiento en la infancia, sino que genera un severo impacto en las funciones cognitivas y en los procesos de aprendizaje escolar. Frente a la inmediatez, el estímulo constante y las descargas de dopamina que ofrecen plataformas de contenido ágil como TikTok, Instagram o YouTube, la lectura sostenida de un libro o el seguimiento de una clase presencial se transforman en tareas complejas de sostener.
En este escenario, la psicóloga Débora Pedace analizó en FM Vos 94.5, las secuelas cognitivas que observan los profesionales de la salud mental, el rol de los adultos y la trampa del endeudamiento emocional de padres agotados que recurren al teléfono como un «chupete electrónico». Asimismo, detalló herramientas estratégicas para fijar límites saludables en el hogar sin caer en prohibiciones impracticables y desentrañó por qué se confunde la tranquilidad del niño entretenido con su bienestar real.
El impacto en el cerebro infantil: dopamina inmediata y falta de atención sostenida
El contraste entre el dinamismo del entorno digital y la exigencia de la concentración pedagógica altera la capacidad de aprendizaje profundo y la retención a largo plazo, según lo que expuso la profesional durante la nota. «Las redes sociales influyen muchísimo y están impactando de forma directa en los chicos. Vemos las consecuencias de pasar tanto tiempo frente a las pantallas en las alteraciones que se generan a nivel cognitivo y comportamental. Es una escena que se repite: un chico puede estar una o dos horas mirando TikTok, YouTube o Instagram sin cansarse, pero al pedirle que lea diez páginas de un libro, a los cinco minutos se aburre», analizó.
«No es necesariamente que los chicos lean menos, sino que se ha deteriorado su capacidad para sostener la atención. La dopamina que generan las redes sociales y los estímulos tecnológicos —más flashes, más velocidad, más luces— provoca que el contraste con un libro o con la atención plena en el aula sea abismal. Resolver un problema de matemática, comprender un texto o estudiar historia no genera la recompensa inmediata de un video; requiere un esfuerzo cognitivo para el cual no están teniendo tolerancia«, afirmó Pedace.
«Vemos un aprendizaje más superficial. El alumno puede mirar o recordar algún dato, pero no comprende, no relaciona ni elabora. Cuando llegan a grados más avanzados como sexto grado o el inicio del secundario, aparecen severas dificultades de memoria a largo plazo y la necesidad de recurrir a profesoras particulares o psicopedagogas, porque todo el proceso ocurrió en una instancia superficial», explicó.

La encrucijada de los adultos: agotamiento y el «chupete electrónico»
Frente a jornadas laborales extenuantes y la falta de disponibilidad emocional, las pantallas suelen utilizarse como un pacificador del hogar que enmascara problemas de conducta. «En muchas escuelas se ha prohibido el uso del celular y me parece una medida acertada. Respecto de las familias, veo a los padres profundamente agotados. Hoy ambos responsables de la crianza salen a trabajar de ocho a diez horas diarias. Al regresar a sus casas, agotados y con la necesidad de cocinar, limpiar o tener un momento de ocio, lo único que entretiene a los chicos es una pantalla. Así, el celular se termina usando como un chupete electrónico. Ahí hay un problema de los padres y de los chicos», sostuvo la psicóloga.
Además, Pedace analizó los efectos de esta exposición a pantallas. «Los adultos estamos subestimando las consecuencias porque confundimos tranquilidad con bienestar. Un chico sentado dos horas con el celular no molesta y no corre riesgo físico, pero por dentro se están gestando dificultades graves. Cuando hablamos de consumir tanta información de forma tan veloz, se genera una forma deficiente a prestar atención a algo real, menos capacidad para que los chicos presten atención. En el consultorio recibimos a niños con patologías que antes no se daban a esa edad, como insomnio, incapacidad para concentrarse en una sola tarea o una nula tolerancia a la frustración, donde ante un error rompen la hoja o destruyen el trabajo de todo un día«, manifestó.
Estrategias y hábitos sin pantallas: construir un equilibrio en el hogar
Para revertir el deterioro del vínculo y mejorar la atención escolar, la profesional propone reglas claras de desconexión sin caer en batallas campales. «No podemos competir contra el celular ni pretender erradicar la tecnología de un día para el otro, porque eso generaría batallas campales según la edad. Hay que buscar un equilibrio y ser estratégicos. No se puede competir, pero sí crear momentos. No sirve exigir que dejen la tablet para tomar un libro si el teléfono sigue al lado. Debemos instituir momentos especiales para la lectura en familia o establecer que la última actividad antes de dormir sea un libro y no una pantalla», aconsejó sobre la dinámica familiar.
«Una herramienta muy útil es crear ‘parking zones’ o zonas de estacionamiento en la casa. Son lugares alejados de los dormitorios donde todos los aparatos electrónicos se conectan a cargar. Se enchufe el teléfono allí y en los últimos 30 minutos antes de ir a dormir no se tiene más contacto con la pantalla. Empezar a generar hábitos de conversar, de tener momentos disponibles para ellos. Lo que quieren los chicos es atención de los padres», expuso Pedace sobre las estrategias que se pueden utilizar.
«Lo que más cuesta hoy es la disponibilidad emocional de los adultos. Si el chico ve que el padre llega de trabajar y se queda scrolleando o comprando por internet, imita la conducta. Es fundamental que nos vean soltar el teléfono, sentarnos a su altura, interesarnos genuinamente por sus juegos o pedirles ayuda para cocinar. Al brindarles 30 minutos de atención real y exclusiva, los chicos solos empiezan a salir del contexto de la pantalla», concluyó la psicóloga.



