Con el silbatazo final que marcó el cierre del Mundial de Fútbol, la Argentina ha comenzado el inevitable proceso de desarmar la escenografía de la ilusión. Durante semanas, la gesta colectiva de la selección nacional funcionó como un paréntesis luminoso, un oasis de unidad y orgullo en medio de un paisaje social sumamente desgastado. Sin embargo, apagadas las pantallas y acallados los festejos, la realidad reaparece con su peso cotidiano: la pelota deja de rodar y la sociedad debe volver a mirarse al espejo para afrontar las preguntas estructurales sobre el país que quiere construir.
El regreso a la rutina ubica a millones de ciudadanos frente a un escenario complejo, atravesado por penurias económicas persistentes, pérdida del poder adquisitivo y el fantasma de reformas legislativas que, bajo el argumento de la modernización, ponen en discusión aspectos fundamentales de la soberanía nacional y la protección de los recursos estratégicos. A este panorama se suma la vigencia de una grieta política que, lejos de amainar, amenaza con ensancharse diariamente por la confrontación permanente y cada vez más agresiva, imposibilitando la consecución de consensos básicos para el desarrollo.
En este contexto, la lección que dejó el conjunto nacional trasciende lo estrictamente deportivo. Aquel grupo humano demostró que la excelencia, la planificación y la construcción de un objetivo común son posibles cuando los egos individuales se subordinan al colectivo. No deja de ser una paradoja dolorosa que la mayor lección de madurez y compromiso patriótico de los últimos tiempos haya provenido de una cancha de fútbol y no de las instituciones donde se debate la suerte de la República.
Es momento de que quienes tienen la responsabilidad de gobernar adopten el ejemplo de esos deportistas: que se pongan, de una vez por todas, la camiseta argentina para trazar un rumbo claro de desarrollo y equidad. La ciudadanía necesita con urgencia que conducir los destinos del país deje de ser una batalla de facciones y que la vida cotidiana de los argentinos deje de experimentarse como una final agobiante de todos los días.



