Las recientes declaraciones de monseñor Carlos Colombo, arzobispo de Mendoza, sobre la realidad que asiste Cáritas, son un cachetazo de realidad para cualquier análisis complaciente. Al advertir sobre el avance de una «clase media empobrecida», Colombo pone palabras a un fenómeno doloroso: el de personas con oficio, con estudio y con historia de trabajo que hoy, por primera vez, deben bajar la cabeza y pedir ayuda para poder comer.
En San Rafael, este diagnóstico golpea el centro mismo de nuestra identidad. Históricamente, nuestra comunidad se ha forjado bajo el ideal de la clase media; nos hemos percibido como ese sector laborioso, propietario y pujante que, lejos de las grandes urbes, construyó su progreso a fuerza de ahorro y esfuerzo familiar. El sanrafaelino siempre se sintió parte de ese estrato social que no solo se sostenía a sí mismo, sino que era el motor que empujaba al resto. Ser de clase media era nuestro orgullo y nuestra garantía de estabilidad.
Sin embargo, como bien señala Colombo, ese sector está siendo arrastrado por el deterioro económico que ya no distingue entre empleados formales e informales. Lo que hoy vemos en nuestras calles y en las parroquias de los barrios es el desmoronamiento de esa seguridad. Es el comerciante local, el docente o el administrativo que, aun teniendo un recibo de sueldo, ha caído en la categoría de «pobre» y se ve obligado a pedir ayuda para pagar una cuota o una garrafa.
Esta realidad fractura el tejido social de nuestro departamento. Cuando la clase media se empobrece, San Rafael pierde su fisonomía. Se resiente el consumo en el centro, se apagan los proyectos de construcción y, lo más grave, se instala una angustia silenciosa en familias que no están acostumbradas a la asistencia estatal o religiosa.
La advertencia de Colombo debe ser tomada como una urgencia política y social. No podemos permitir que la identidad sanrafaelina se diluya en la resignación frente a un modelo económico nacional que ha venido, en nombre del equilibrio fiscal, a recortar sin miramientos y a matar el consumo para evitar la inflación.
La Argentina, y especialmente el interior mendocino, necesita volver a ser ese lugar donde la clase media no sea un recuerdo nostálgico, sino una realidad vibrante. El desafío es recuperar el valor del ingreso para que el «nosotros» que siempre fuimos no termine convertido en una cifra más de la asistencia social.







