Es injusto pedirle a una comunidad que siga esperando mientras buena parte de las decisiones que condicionan su presente se toman a cientos de kilómetros de sus calles, sus fincas, sus fábricas y sus distritos. San Rafael conoce demasiado bien esa sensación: la de tener capacidad para crecer, voluntad para trabajar y recursos para desarrollarse, pero encontrarse una y otra vez con límites impuestos desde los despachos del poder central.
Las decisiones económicas, las prioridades presupuestarias, las obras que se postergan, la infraestructura que no llega y las políticas que desconocen las particularidades de las economías regionales terminan teniendo consecuencias concretas. Y el sur mendocino, con frecuencia, queda del lado de los que deben esperar.
San Rafael no necesita privilegios. Necesita que se reconozca su importancia, que sus demandas sean escuchadas y que su desarrollo no quede subordinado a intereses políticos, cálculos electorales o prioridades definidas desde una perspectiva centralista. No se puede reclamar esfuerzo permanente a quienes producen, trabajan y emprenden mientras se les retiran herramientas indispensables para salir adelante.
Pero tampoco sería justo reducir nuestro destino a una lista de agravios. La historia sanrafaelina demuestra que esta comunidad ha sabido convertir las dificultades en desafíos y construir oportunidades allí donde otros apenas veían distancias. La agricultura, la vitivinicultura, la industria, el comercio, el turismo y la capacidad de trabajo de su gente son parte de un patrimonio que ninguna decisión tomada fuera del departamento puede borrar.
El futuro, sin embargo, no llegará por inercia. Requiere inversiones, caminos, energía, agua, conectividad y políticas que favorezcan la producción y el empleo. Requiere también que San Rafael defienda sus intereses con firmeza ante los gobiernos provincial y nacional, sin renunciar a sus reclamos por conveniencia partidaria ni aceptar como inevitables las postergaciones de siempre.
Hay una diferencia sustancial entre esperar que las cosas mejoren y trabajar para que efectivamente mejoren. La esperanza no consiste en cerrar los ojos frente a las dificultades, sino en negarse a aceptar que sean nuestro destino definitivo. En una tierra donde generaciones enteras levantaron fincas, abrieron caminos y construyeron comunidades, resignarse sería una forma de desconocer la propia historia.
Quizá por eso la figura de San Rafael Arcángel, patrono de nuestro departamento que hoy conmemora su día, conserva un significado que trasciende la celebración religiosa. En la tradición bíblica, Rafael acompaña y guía al viajero en su camino. No le evita las dificultades, pero lo ayuda a atravesarlas. También San Rafael necesita hoy esa claridad de rumbo: saber hacia dónde quiere ir y encontrar la fuerza para defender el derecho a llegar.
No se trata de esperar milagros ni de depositar el porvenir en manos ajenas. Se trata de recuperar la confianza en nuestras posibilidades, de exigir responsabilidades a quienes gobiernan y de comprender que el desarrollo de una región no puede depender de la buena voluntad ocasional de quienes concentran las decisiones.
San Rafael tiene problemas, deudas pendientes y obstáculos que no eligió. Pero tiene, sobre todo, una comunidad que merece algo más que administrar las consecuencias de decisiones ajenas. Merece oportunidades para sus jóvenes, trabajo digno para sus familias y un horizonte en el que producir, invertir y crecer vuelvan a ser proyectos posibles.


